Semana Santa hacia la Pascua

Señor Jesús, hoy celebramos tu entrada en la Semana Mayor que culmina la Cuaresma y nos lleva hasta la Pascua.

Contemplamos tu Palabra que nos muestra tu vivir “como varón de dolores, que no esconde el rostro a insultos y salivazos”.  “Te despojaste del “rango” de tu condición divina para abrazar sin reservas, la humanidad pecadora”.

Viviste como nosotros, te hiciste “uno de tantos”, y bebiste hasta las heces el cáliz de la Misión.  Que aprendamos de tu amor: A darnos a los demás, sin esperar nada a cambio. A servir con humildad porque servir es amar. A abrazar la pobreza de nuestras limitaciones. A creer en la eficacia de tu Espíritu de Amor, Agua Viva de tu Pascua que nos fecunda y transforma para dar frutos del Reino, disfrutando del ser “hijos” en las manos de Dios Padre viviendo en fraternidad. Amén.

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Trigo Fecundo.

El Evangelio de este quinto domingo de Cuaresma culmina con una solemne promesa del Señor, que nos sitúa ya en la recta final de la cuaresma: “Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”. Pero conviene fijarse también en su inicio: una petición que unos forasteros presentan a los discípulos: “¡Queremos ver a Jesús!”
La respuesta del Señor a esta demanda, en la inminencia de su pasión, supera las expectativas: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24).

 

Es significativo que, precisamente aquí, siendo que en el Evangelio de S. Juan se omite el relato de la oración en el Huerto, se señale esta lucha interna que Jesús vive ante su Pasión: “Mi alma está turbada… pase de mi esta hora…”

Y sin embargo Jesús se muestra dispuesto a cumplir hasta el fondo la voluntad del Padre. “…si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre.” Y la voluntad de Dios es darnos la vida eterna que hemos perdido por la tragedia del pecado. “Lo he glorificado y volveré a glorificarlo”.

Pero para que esto se realice es necesario que Jesús muera, como trigo fecundo que Dios Padre ha sembrado en el mundo, pues sólo así podrá germinar y crecer una nueva humanidad, libre del dominio del pecado y capaz de vivir en fraternidad, como hijos del único Padre que está en los cielos.

Esta es la atracción de la que el mismo Jesús nos habla. Cristo atrae desde la cruz con la fuerza del amor, del Amor divino, que ha llegado hasta el don total de sí mismo; del Amor infinito, que en la cruz ha levantado de la tierra el peso del cuerpo de Cristo, para contrarrestar el peso de la culpa antigua; del Amor ilimitado, que ha colmado toda ausencia de amor y ha permitido que el hombre nuevamente encuentre refugio entre los brazos del Padre misericordioso.

Dejémonos atraer por él, y permaneciendo en su Amor, aprendamos este amor humilde que se siembra encada gesto se servicio y entrega callada: y así crezcamos más y más en la tierra fecunda de este Amor con que somos amados, para ser semillas de este Reino de Dios que transforme el mundo.

Juan Agost, Párroco

 

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La señal de la cruz

Llegamos al cuarto domingo de Cuaresma, el “laetare”. Vivimos así la alegría de vislumbrar la Pascua del Señor, a través del prisma de la cruz.

Jesús nos señala la cruz como el culmen de su misión: en efecto, la cruz de Cristo es la cumbre del amor, que nos da la salvación. Lo dice él mismo en el Evangelio de hoy: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna» (Jn 3, 14-15). Estas palabras del Señor traen al corazón aquel episodio en el que, durante el éxodo de Egipto, los judíos fueron atacados por serpientes venenosas y muchos murieron; entonces Dios ordenó a Moisés que hiciera una serpiente de bronce y la pusiera sobre un estandarte: si alguien era mordido por las serpientes, al mirar a la serpiente de bronce, quedaba curado (cf. Nm 21, 4-9). También Jesús será levantado sobre la cruz, para que todo el que se encuentre en peligro de muerte a causa del pecado, dirigiéndose con fe a él, que murió por nosotros, sea salvado. «Porque Dios —escribe san Juan— no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3, 17).

San Agustín comenta: «El médico, en lo que depende de él, viene a curar al enfermo. Si uno no sigue las prescripciones del médico, se perjudica a sí mismo. El Salvador vino al mundo… Si tú no quieres que te salve, te juzgarás a ti mismo» (Sobre el Evangelio de Juan, 12, 12).

Así pues, si el amor misericordioso de Dios, que llegó al punto de dar a su Hijo único como rescate de nuestra vida es infinito… ¿cuál será nuestra responsabilidad? Cada uno, para poder ser curado, necesita reconocer que está enfermo; cada uno debe confesar su propio pecado, para que el perdón de Dios, ya dado en la cruz, pueda tener efecto en su corazón y en su vida. Escribe también san Agustín: «Dios condena tus pecados; y si también tú los condenas, te unes a Dios… Cuando comienzas a detestar lo que has hecho, entonces comienzan tus buenas obras, porque condenas tus malas obras. Las buenas obras comienzan con el reconocimiento de las malas obras» (ib., 13). A veces el hombre ama más las tinieblas que la luz, porque está apegado a sus pecados. Sin embargo, la verdadera paz y la verdadera alegría sólo se encuentran abriéndose a la luz y confesando con sinceridad las propias culpas a Dios. Es importante, por tanto, acercarse con frecuencia al sacramento de la Penitencia, especialmente en Cuaresma, para recibir el perdón del Señor e intensificar nuestro camino de conversión.

Juan Agost, Párroco.

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COMENTARIO AL EVANGELIO UN NUEVO TEMPLO

cuaresma b-3

La página del evangelio de hoy nos desconcierta: Jesús expulsa del templo de Jerusalén a los vendedores de animales y a los cambistas (cf. Jn 2, 13-25). El hecho, recogido por todos los evangelistas, tuvo lugar en la proximidad de la fiesta de la Pascua y suscitó gran impresión tanto entre la multitud como entre sus discípulos. ¿Cómo debemos interpretar este gesto de Jesús?

Pongamos atención a las palabras que Jesús dijo al realizar ese gesto: «Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre» (Jn 2, 16). Sus discípulos se acordaron entonces de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora» (Sal 69, 10). Este Salmo es una invocación de ayuda en una situación de extremo peligro a causa del odio de los enemigos: la situación que Jesús vivirá en su pasión.

El celo por el Padre y por su casa lo llevará hasta la cruz: el suyo es el celo del amor que paga en carne propia, no el que querría servir a Dios mediante la violencia. De hecho, el «signo» que Jesús dará como prueba de su autoridad será precisamente su muerte y resurrección. «Destruid este templo —dijo—, y en tres días lo levantaré». Y san Juan observa: «Él hablaba del templo de su cuerpo» (Jn 2, 19. 21).

Con la Pascua de Jesús se inicia un nuevo culto, el culto del amor, y un nuevo templo que es él mismo, Cristo resucitado, por el cual cada creyente puede adorar a Dios Padre «en espíritu y verdad» (Jn 4, 23). Así mismo declara que él es el nuevo templo, morada definitiva de Dios entre los hombres. En Cristo, somos llamados a ofrecer un culto auténtico, vital, en Espíritu y Verdad, y a presentar nuestros cuerpos como templos del Dios vivo, sabiendo renunciar a las obras del mal y participando del triunfo del Resucitado.

Queridos amigos, el Espíritu Santo comenzó a construir este nuevo templo en el seno de la Virgen María. Por su intercesión, pidamos que cada cristiano sea piedra viva de este edificio espiritual.

Juan Agost, Párroco.

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TOCAR AL INTOCABLE

 

6tob-2018

Seguimos la lectura, verso a verso del evangelio de Marcos. Hoy nos presenta esta conmovedora escena de la compasión de Jesús en su encuentro con el hombre enfermo de lepra. La misma ley del A. T., para salvaguardar la salud del pueblo y evitar el contagio de esta terrible dolencia, había señalado como “intocable” al enfermo de lepra. Sin embargo, Jesús le “toca” –Él es la plenitud de la Ley- conmovido en sus entrañas ante su sufrimiento de este hombre, y su petición sincera.

La delicadeza de la misericordia infinita de Dios nos envuelve cada día… Más aún en la cuaresma que vamos a estrenar ¿Nos dejaremos “tocar” para ser sanados por ella?

¡¡Feliz Domingo y feliz Cuaresma!!

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COMPASIÓN y CON PASIÓN.

La jornada de Jesús en Cafarnaúm continúa. Tras la predicación y la curación en la Sinagoga que contemplamos el domingo pasado, se traslada ahora a la casa de Pedro. El relato evangélico sugiere como una luminosidad que acompaña el paso de Jesús: su presencia, sus palabras y sus gestos comunican vida, sanan de la enfermedad y liberan de la influencia del maligno a todos aquellos que se le acercan… Su paso disipa las tinieblas que amenazan nuestro mundo y que entristecen el corazón humano.

Así, el mismo relato evangélico nos desvela dónde está el origen de esta claridad que Jesús difunde a su alrededor: antes del amanecer, ya está ante Dios Padre, en la oración silenciosa que nos revelada la intimidad de Jesús, su ser de Hijo Amado del Padre.

La compasión de Jesús por nuestros sufrimientos hunde sus raíces en su pasión de Amor al Padre, y se desborda en el apasionamiento que impulsa su predicación. Nada puede retenerlo. Ha venido para eso.

El día de nuestro bautismo fuimos
sumergidos por gracia en esta corriente de Vida y de Amor que apasiona a Jesucristo. Felices nosotros, si aprendemos de Él, maestro bueno, este amor apasionado por Dios y por los hermanos. Dichosos si, al participar en la Eucaristía, nos dejamos prender en este fuego que Jesús ha venido a traer a la tierra. Y más dichosos aún si, la alegría de Jesús resucitado que llevamos dentro la ofrecemos y la compartimos a manos llenas con los hermanos

¡¡Feliz domingo!!

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Autoridad liberadora

Jesús es fascinante. Su manera de hablar llena de una admiración profunda a quien le escucha. Es nuevo el calor de su palabra, el brillo de su mirada, la autoridad de su mensaje… A cada palabra suya se revela un poco más el secreto de su corazón, la verdad de su ser de Hijo de Dios. Lo mismo que sus actos de justicia y perdón, sus milagros ponen de manifiesto la fuerza de su amor y la autoridad de su Persona, que vence al enemigo de la humanidad y padre de la mentira, liberando al ser humano de la esclavitud del mal.

Hoy nos suena mal la palabra “autoridad”. Casi suscita un rechazo automático, al estar tan acostumbrados, tristemente, a un ejercicio corrupto de la misma por parte de tantos autoritarios que la ejercen oprimiendo a los pequeños y aprovechándose de ella para el interés propio…

Pero con Jesús no es así. Él es Dios omnipotente, que se ha hecho pequeño, el Infinito abajado y humilde, el Señor que viene a servir y dar la vida… Con Él, la autoridad recobra su sentido original, la armonía de la creación antes del pecado, la verdad del señorío de Dios que nos devuelve a su paraíso rescatándonos de las ataduras del maligno mentiroso. ¡Cuánto podemos aprender de Él! La obediencia de la fe en Jesús nos sitúa en el gozo de su salvación, que nos libera una y otra vez de ese afán desordenado de dominio con el que tanto daño nos hacemos. Y así podemos ejercer autoridad en el ámbito de la propia responsabilidad como recibida de Jesús: en el hogar, el trabajo, la enseñanza, las relaciones sociales… ¡¡Feliz domingo!!

domingo iv tob

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