ASCENSIÓN: LA CERCANÍA DE DIOS

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

– COMENTARIO AL EVANGELIO –

20140495¿Qué significa el misterio de la Ascensión del Señor? Del mismo modo que por nosotros el Señor bajó del cielo y se encarnó de María Virgen, y por nosotros sufrió y murió en la cruz, así también por nosotros resucitó y subió a Dios. Dios que por lo tanto ya no está lejano. Al contrario, en su humanidad Jesús Resucitado asumió consigo a los hombres en la intimidad del Padre y así reveló el destino final de nuestra peregrinación terrena. San León Magno explica que con este misterio «no solamente se proclama la inmortalidad del alma, sino también la de la carne. De hecho, hoy no solamente se nos confirma como poseedores del paraíso, sino que también penetramos en Cristo en las alturas del cielo» (De Ascensione Domini, Tractatus 73, 2.4: ccl 138 a, 451.453). Por esto, los discípulos cuando vieron al Maestro elevarse de la tierra y subir hacia lo alto, no experimentaron desconsuelo, como se podría pensar; más aún, sino una gran alegría, y se sintieron impulsados a proclamar la victoria de Cristo sobre la muerte (cf. Mc 16, 20). Y el Señor resucitado obraba con ellos, distribuyendo a cada uno un carisma propio. Lo escribe también san Pablo: «Ha dado dones a los hombres… Ha constituido a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y doctores… para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos… a la medida de Cristo en su plenitud» (Ef 4, 8.11-13).

Queridos amigos, la Ascensión nos dice que en Cristo nuestra humanidad es llevada a la altura de Dios; así, cada vez que rezamos, la tierra se une al cielo. Y como el incienso, al quemarse, hace subir hacia lo alto su humo, así cuando elevamos al Señor nuestra oración confiada en Cristo, esta atraviesa los cielos y llega a Dios mismo, que la escucha y acoge. En la célebre obra de san Juan de la Cruz, Subida del Monte Carmelo, leemos que «para alcanzar las peticiones que tenemos en nuestro corazón, no hay mejor medio que poner la fuerza de nuestra oración en aquella cosa que es más gusto de Dios; porque entonces no sólo dará lo que le pedimos, que es la salvación, sino aun lo que él ve que nos conviene y nos es bueno, aunque no se lo pidamos» (Libro III, cap. 44, 2).

Supliquemos, por último, a la Virgen María para que nos ayude a contemplar los bienes celestiales, que el Señor nos promete, y a ser testigos cada vez más creíbles de su Resurrección, de la verdadera vida.

Juan Agost, Párroco

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ESTAR EN EL AMADO

VI DOMINGO DE PASCUA (CICLO A)

– COMENTARIO AL EVANGELIO –

20140494Más vive el alma donde ama que en el cuerpo donde anima[1]. El amor es así. Le lleva a uno a hacer lo que sea para conseguir estar con quien ama. Así es también con Jesús. Su infinito amor al Padre le llevó a hacerse uno de nosotros, naciendo de Santa María Virgen: Belén, Nazaret, hasta el Calvario, ha sido un recorrer, desde el impulso del amor al Padre, el camino del amor a quienes nos llama amigos Aquel que ha dado su vida para que tengamos vida abundante.

Pero camino de Jesús culmina ahora, en el tiempo de la Pascua, llegando con nuestra humanidad glorificada al Cora-zón de Dios. Porque el Señor Resucitado, llevando en su corazón el fuego del amor infinito al Padre y a nosotros, sus hermanos, alcanza la verdad plena del amor en la Gloria, pidiendo al Padre que nos comunique ese Mismo Amor en Persona del Padre y del Hijo que es el Espíritu Santo. Así, estaremos siempre en común-unión, habitados los hombres por Dios-Amor, lo mismo que Dios ha acogido para siempre en su seno nuestra humanidad en su Hijo Glorificado.

El amor hace estos milagros admirables. No hay nada más profundo que este amor que nos tiene Dios. Es imposible una intimidad mayor. Reciba-mos, pues este regalo de la Pascua del Señor que es su Espíritu, porque Dios nos regala su Fuego infinito para que nos sepamos habitados por esa Vida plena que anhelamos. Así quiere el Señor renovar la faz de la tierra, comenzando por el corazón humano. Y si nos dejamos Iluminar por este Espíritu Consolador que nos trae Jesús, ¡menuda revolución de Amor que se formará en el mundo! La clave nos la ha dado el mismo Jesús: amarle es aceptar sus mandamientos y guardarlos. Es el comienzo del Reino de Dios en la Tierra. ¿Te apuntas?

Juan Agost, Párroco

[1] S. Juan de la Cruz, Cantico Espiritual, 8,3.

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EN CAMINO HACIA EL PADRE

V DOMINGO DE PASCUA (CICLO A)

– COMENTARIO AL EVANGELIO –

20140493Vivimos la Pascua dejándonos sorprender y contagiar del resplandor de la Verdad de Jesús. La alegría de su corazón colma el nuestro con la promesa de que vamos a estar para siempre con Dios, al llegar a la meta. Sabemos que esto no lo podemos “conseguir” con nuestros esfuerzos humanos: necesitamos la gracia redentora de Cristo. Sólo Él nos puede guiarnos hacia nuestra morada eterna. En el cielo, cada persona será recompensada según las buenas obras que ha llevado a cabo en conjunto con la gracia de Dios, como nos recuerda el Catecismo: Dejada a sus fuerzas naturales, la humanidad no tiene acceso a la “Casa del Padre” (Jn 14, 2), a la vida y a la felicidad de Dios. Solo Cristo ha podido abrir este acceso al hombre, “ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino” (Cat. Ig. Cat. 611).

Jesús es el único camino que nos conduce en verdad al Padre. Él es la revelación del Amor del Padre, de su Voluntad para cada persona. Sólo Jesús es el camino verdadero que conduce a la Vida, el significado de la vida humana.

Podemos también leer en el Catecismo: El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: … “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14, 6). … Él es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y de la nueva ley: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15, 12). Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo (cf. Mc 8, 34). “Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios” (S. Atanasio, Inc., 54, 3). (Cat. Ig. Cat.    459)         

Caminemos gozosos, pues, con Jesús, pues es él mismo nuestra garantía: Él nos anunció la vida que viviremos junto a Dios en la luz y en la eternidad; nos enseñó también el camino de esa vida, camino que hay que andar en el amor y que él recorrió primero. (Pleg. Euc. Niños. III)

Juan Agost, Párroco

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SOLO EL AMOR SALVA

IV DOMINGO DE PASUCA (CICLO A)

– COMENTARIO AL EVANGELIO –

20140492El hombre de hoy ha perdido confianza en el amor. El amor se ha convertido en un juego que, con frecuencia, termina en trampa mortal: Máscaras, mentiras, sospechas, infideli-dades… A pesar de esta desconfianza, el hombre sabe en su interior que sólo el amor le salva, sólo el amor es digno de fe, es decir, de depositar plena-mente la confianza en aquel que me ama. La pregunta crucial, que nos hacemos frecuentemente, es si alguien me amará así. Con un amor tejido de conocimiento, asegurado por la verdad de lo que el hombre es en su núcleo más personal. El hombre se pregunta si será amado tal cual es y, sencillamente, por lo que es: un ser humano. Si, a pesar de aquello que conoce de sí mismo y que no se atreve a decirse ni a sí ni a los demás, podrá ser amado. Se pregunta, en fin, si alguien le amará hasta dar la vida por él.

Aquí viene la revelación luminosa de Jesucristo como Buen Pastor. En esa tierna imagen, que nos cautiva. A los pobres pecadores que somos todos, Jesús nos asegura que podemos confiar en el amor que conforma su rostro y su figura. Que Él nos conoce como el Padre le conoce a Él. Y que Él nos ama y nos amará hasta dar la vida por nosotros. El valor que un hombre tiene para Cristo se mide por estas palabras: Yo doy mi vida por las ovejas. Jesús nos conoce y nos ama. No huye ante las embestidas de la muerte. Libremente se presta a morir para que el hombre, digno de ser amado por sí mismo, viva. Y viva para siempre. Éste es el secreto de la Pascua de Cristo: su libertad para dar la vida, que nadie le quita, y su poder para recuperarla. Todo por el hombre.

El fruto de este amor es la Vida eterna. G. Marcel dijo que amar a una persona es decirle: Tú no morirás. Expresó acertadamente el deseo del amor: que no muera la persona amada. El amor, en su origen y término, es incom-patible con la muerte (como Dios mismo que es Amor). Así lo sienten quienes de verdad aman y así lo padecen cuando llega la muerte. Por eso el Buen Pastor nos ama hasta dar la vida, aquella que se prolonga más allá de la muerte. Éste es el mandato que ha recibido de su Padre: dar la vida por los suyos para que nunca perezcan, sino que vivan para siempre. Si el Cantar de los Cantares dice que el amor es fuerte como la muerte, Cristo aún va más lejos porque su amor, mucho más fuerte, ha vencido la muerte.

Juan Agost, Párroco

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SEÑOR Y DIOS NUESTRO

II DOMINGO DE PASCUA (CICLO A)

– COMENTARIO AL EVANGELIO –

20140490El Señor resucitado se presenta en medio de los discípulos cuando están reunidos. Los abraza con su mirada, les da la paz, les entrega el Espíritu Santo y les muestra sus llagas gloriosas, signos de la crucifixión. Jesús les hace constatar a través de las dudas de Tomás que el que está delante de ellos es de verdad el Señor resucitado. Así la alegría de la Pascua les ilumina plenamente con el gozo de la fe.

También nosotros necesitamos “tocar las llagas de Jesús”, para afianzarnos en la certeza y la alegría de la fe. Las llagas gloriosas en su cuerpo glorificado serán para siempre el signo de su amor. Para poder tocarlas y afianzarnos en la fe apostólica, hoy el Señor nos llama a acariciar sus llagas aún sufrientes en los miembros de su Cuerpo Místico que son los más frágiles, los que pasan por la enfermedad, la soledad, la marginación o la exclusión. Al acercarnos y consolar a quien padece ahora los sufrimientos que el Señor abrazó en su Pasión nos hace solidarios de su pascua: participamos en ese sumergirse de Jesús por su bautismo de Cruz en nuestra humanidad herida de pecado, para poder también con El resurgir, teniendo parte en su triunfo de resurrección, y dejando atrás todo fermento de mal en nuestras vidas. Que la Eucaristía de este domingo de la Misericordia nos haga crecer en este amor gozoso, para poder confesar a Jesús con las palabras de Sto. Tomas: “Señor mío y Dios mío!”

Juan Agost, Párroco

 

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BENDITO EL QUE VIENE Y NOS TRAE LA VIDA

DOMINGO DE RAMOS (CICLO A)

– COMENTARIO AL EVANGELIO –

20140488“Bendito el que viene en nombre del Señor”. Con estas palabras, la población de Jerusalén acogió a Jesús en su entrada en la ciudad santa, aclamándolo como rey de Israel. Sin embargo, algunos días más tarde, la misma multitud lo rechazará con gritos hostiles: “¡Que lo crucifiquen, que lo crucifiquen!” (Lc 23, 21). La liturgia del domingo de Ramos nos hace revivir estos dos momentos de la última semana de la vida terrena de Jesús. Nos sumerge en aquella multitud tan voluble, que en pocos días pasó del entusiasmo alegre al desprecio homicida…

Precisamente en este clima de alegría, velado de tristeza, que caracteriza el domingo de Ramos, encontramos la respuesta a aquella petición que leíamos en el evangelio del domingo pasado: “Queremos ver a Jesús” (Jn 12, 21). “Algunos griegos” (Jn 12, 20) que habían acudido a Jerusalén para la fiesta de Pascua dirigieron a los apóstoles esa petición. Ante la multitud que se había congregado para escucharlo, Cristo proclamó: “Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32). Así pues, esta es su respuesta: todos los que buscan al Hijo del hombre, lo verán, en la fiesta de Pascua, como verdadero Cordero inmolado por la salvación del mundo.

En la cruz, Jesús muere por cada uno de nosotros. Por eso, la cruz es el signo más grande y elocuente de su amor misericordioso, el único signo de salvación para todas las generaciones y para la humanidad entera.

Que al acompañar hoy a Jesús con el júbilo de los ramos en su entrada en Jerusalén, le dejemos entrar en nuestras vidas, abriendo de par en par las puertas de nuestro corazón para que nos visite y nos ilumine con su paz.

Y así, podremos reconocerlo también en el árbol salvador de la cruz y celebrar con inmenso gozo la gloria de su resurrección.

¡Feliz domingo! ¡Y feliz Semana Santa!

Juan Agost, Párroco.

 

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LUZ DE LUZ

IV DOMINGO DE CUARESMA

(CICLO A)

– COMENTARIO AL EVANGELIO –

unspecified-3Jesús es Luz. ¡Qué imagen más elocuente y llena de significado! El encuentro del Señor con el ciego del evangelio nos adentra más, si cabe, en esa intensidad cuaresmal de la búsqueda y el encuentro que es la Fe. En verdad, es Dios que nos busca primero. Estamos como ciegos sin Él. Los gestos de Jesús haciendo barro, untando los ojos, mandando al agua del “enviado”, están cargados de simbolismo: como la Palabra eterna creó todo al principio, y formó al ser humano del barro de la tierra, así ahora Jesús unge con un barro nuevo y devuelve la luz a los ojos de la humanidad, cegados por la oscuridad del pecado. Tras el proceso de curación que el hombre ciego del evangelio vive, marcado por la contrariedad y hasta el rechazo de los jefes del pueblo, llega por fin el encuentro cara a cara con Jesús. La fe y la adoración.

Avanzando en la cuaresma, no podemos menos que sumergirnos en esa caricia creadora del Señor en el Sacramento de la misericordia. Lo necesitamos. El Señor desea ungirnos con su perdón, y hacer de nosotros una criatura nueva. Un vaso nuevo, colmado de la alegría de su presencia. ¡No faltemos a la cita!

Juan Agost, Párroco

ORACIÓN DE ACCIÓN DE GRACIAS

Señor Jesús, Luz del mundo que vienes

a iluminar nuestras sombras con la luz de tu mirada

y el calor de tus palabras.

Caminando junto a Ti hacia el monte de la Pascua

nos sabemos tus ungidos,  barro nuevo modelado

a fuer de tiernas caricias de dulce misericordia.

Con el Aliento Divino de tu Espíritu de Amor

nos recreas, nos restauras, nos llenas de tu alegría

para colmar nuestra fe de gozo y adoración.

Señor, Tú nos quieres también luz

que reverbere sonrisas y proclame tu Evangelio

con argumentos de vida  y testimonio de amor.

Danos, Señor, contemplarte con mirada penetrante:

dejarnos mirar por Ti, y que tu Amor nos encienda:

para acompañar a otros al dulce encuentro Contigo

que nos colma el corazón, y así reflejar tu Rostro

dondequiera que vayamos. Amén.

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