LUZ DE LUZ

IV DOMINGO DE CUARESMA

(CICLO A)

– COMENTARIO AL EVANGELIO –

unspecified-3Jesús es Luz. ¡Qué imagen más elocuente y llena de significado! El encuentro del Señor con el ciego del evangelio nos adentra más, si cabe, en esa intensidad cuaresmal de la búsqueda y el encuentro que es la Fe. En verdad, es Dios que nos busca primero. Estamos como ciegos sin Él. Los gestos de Jesús haciendo barro, untando los ojos, mandando al agua del “enviado”, están cargados de simbolismo: como la Palabra eterna creó todo al principio, y formó al ser humano del barro de la tierra, así ahora Jesús unge con un barro nuevo y devuelve la luz a los ojos de la humanidad, cegados por la oscuridad del pecado. Tras el proceso de curación que el hombre ciego del evangelio vive, marcado por la contrariedad y hasta el rechazo de los jefes del pueblo, llega por fin el encuentro cara a cara con Jesús. La fe y la adoración.

Avanzando en la cuaresma, no podemos menos que sumergirnos en esa caricia creadora del Señor en el Sacramento de la misericordia. Lo necesitamos. El Señor desea ungirnos con su perdón, y hacer de nosotros una criatura nueva. Un vaso nuevo, colmado de la alegría de su presencia. ¡No faltemos a la cita!

Juan Agost, Párroco

ORACIÓN DE ACCIÓN DE GRACIAS

Señor Jesús, Luz del mundo que vienes

a iluminar nuestras sombras con la luz de tu mirada

y el calor de tus palabras.

Caminando junto a Ti hacia el monte de la Pascua

nos sabemos tus ungidos,  barro nuevo modelado

a fuer de tiernas caricias de dulce misericordia.

Con el Aliento Divino de tu Espíritu de Amor

nos recreas, nos restauras, nos llenas de tu alegría

para colmar nuestra fe de gozo y adoración.

Señor, Tú nos quieres también luz

que reverbere sonrisas y proclame tu Evangelio

con argumentos de vida  y testimonio de amor.

Danos, Señor, contemplarte con mirada penetrante:

dejarnos mirar por Ti, y que tu Amor nos encienda:

para acompañar a otros al dulce encuentro Contigo

que nos colma el corazón, y así reflejar tu Rostro

dondequiera que vayamos. Amén.

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ESCUCHA QUE TRANSFIGURA

II DOMINGO DE CUARESMA

(CICLO A)

– COMENTARIO AL EVANGELIO –

unspecifiedEl Señor Jesús nos muestra el rostro radiante de su divinidad. Los discípulos, antes confusos por el anuncio de la pasión, y ahora temerosos ante la grandeza de la gloria que rezuma del transfigurado, nos hacen patente que siempre somos superados por el misterio del amor de Dios.

Pero Jesús recorre primero el camino de la obediencia de la fe, de la perseverancia ene l amor, de la esperanza que no defrauda. Así, siguiéndole, escuchándole, como nos recuerda la Voz del Padre, contemplando su Rostro de luz, como un faro en medio de la tempestad, podemos caminar seguros en este camino de gracia cuaresmal, hacia la cumbre de la Pascua. Vamos con Jesús: el sendero se hace seguro, porque Él nos toma sobre sus hombros de Buen Pastor, y así, desaparecen los miedos, y la fatiga se convierte en una ofrenda generosa. Porque, como nos recordará la oración de hoy en la celebración litúrgica, a la gloria de la Resurrección se llega por medio de la pasión. ¡Feliz Cuaresma, en el gozo del discipulado de Señor Jesús!

Juan Agost, Párroco.

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EL DESIERTO SE CONVERTIRÁ EN VERGEL

I DOMINGO DE CUARESMA

(CICLO A)

– COMENTARIO AL EVANGELIO –

20140483El tiempo de la cuaresma nos invita a entrar en el desierto con Jesús, impulsados por el Espíritu de Dios Amor, para participar de la victoria de Cristo sobre el tentador.

Para nuestros primeros padres, Dios había preparado un jardín delicioso y fértil, tierra de comunión y encuentro en el Creador y su criatura amada, tierra de libertad donde el amor es la adhesión consciente a la voluntad de Dios, con la certeza confiada de que quiere el bien para sus hijos amados. El pecado, sin embargo, ha convertido este jardín en un erial: porque cuando nos apartamos de Dios nos encontramos en el vacío de la mentira y la nada: como el sarmiento que se separa de la vid, se seca… El hombre, al dialogar y dejarse engañar por el maligno, pasó de confiar en Dios a creerlo un tirano envidioso de la propia felicidad. Así, sospecha de su amor, y prefiere ser un dios que decida sobre el bien y el mal… Y Adán se encontró desnudo, errante y vagabundo por un erial, mordido por el cruel veneno de la serpiente mentirosa, herido del orgullo y la autosuficiencia.

Jesús, combatiendo en el desierto, desmonta las mentiras del tentador aferrándose a la Verdad de Dios-Amor, para mostrarnos el camino de su triunfo. Aprendamos a tener nuestro oído atento a la voz del Espíritu. Cuando recemos el Padrenuestro y digamos “no nos dejes caer en la tentación…”, reconoceremos la presencia amiga del Señor que nos alienta para salir vencedores de la prueba, y si nos salpica el veneno del tentador, acudir prontos al abrazo de su misericordia. ¡Feliz y santa Cuaresma, camino hacia la Pascua!

Juan Agost, Párroco.

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SI LA CONFIANZA DEL CORAZÓN ESTUVIESE AL COMIENZO DE TODO…

VIII SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO A)

– COMENTARIO AL EVANGELIO –

20140482El servicio de Dios-Amor excluye la doblez de corazón. Es, como todo verdadero amor, exclusivo, de totalidad.

Precisamente en la doblez de corazón, por larvada que sea, es donde arraigan las actitudes de exclusión y descarte del hermano, a veces bajo capa de justicia y verdad, pero siempre desde el desdén hacia lo diferente o que escapa de las propias ambiciones de dominio o control. Dios nos da en su Hijo Jesús la medicina que sana toda ansiedad de vida y toda angustia existencial: nada nos puede separar de su amor. Es la sabiduría profundamente humana y divina de la confianza en la providencia de Dios-Amor. Aunque se diera el caso, como tristemente se da, de que una madre abandonara al hijo de sus entrañas, “¡Yo no te abandonaré nunca!”. En esta expresión del profeta es palpable la profunda conmoción de las entrañas de misericordia de Dios. Estamos, pues, ante una de las enseñanzas más esenciales del Evangelio de Jesús: la sencillez, el abandono en el amor del Padre, que se cuida de nosotros. Como consecuencia de la piedad filial brota así la paz y esa alegría serena que son los frutos del Espíritu: amor, alegría, paz, bondad, un corazón comprensivo… Buen epílogo del sermón del Monte que comenzó con las bienaventuranzas y nos llevará de la mano a la gracia del tiempo de cuaresma que nos disponemos a estrenar.

Juan Agost, Párroco

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LA ALEGRÍA DEL PER

VII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

– COMENTARIO AL EVANGELIO –

20140481Da la impresión de que el evangelio de hoy nos propone algo imposible de practicar, Esta deducción nos parece lógica o, al menos, impregnada de sentido común.

Pero la sabiduría de Dios, su santidad, su lógica, es radicalmente diversa respecto de la sabiduría del mundo. El sueño de Dios, de que las espadas se cambien en arados y las lanzas en podaderas, en expresión del profeta, pasa por esta transformación de mente y corazón.

No es posible vivir odiando, en enemistad profunda. Nuestra humanidad se destroza. El daño interior provocado por una relación rota corroe nuestras mejores energías…

El perdón es el testamento escrito por Jesús en la cruz, la herencia y la bendición otorgada desde su costado traspasado por donde pasa el odio esparcido a lo largo de las estaciones de la historia humana y de las páginas menores de nuestra historia. Dios nos cura con su perdón, que desciende como lluvia sobre justos e injustos, para devolverles la viveza a nuestras asperezas. Un don a implorar, procedente de lo alto, que podemos compartir con los otros, y así, vivir la verdadera alegría de los hijos de Dios ¡Feliz Domingo!       

Juan Agost, Párroco

 

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LA ALEGRÍA DE LAS BIENAVENTURANZAS, CENTRO DEL EVANGELIO

IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO A)

– COMENTARIO AL EVANGELIO –

20140478

Las bienaventuranzas están en el centro de la predicación de Jesús. Con ellas Jesús recoge las promesas hechas al pueblo elegido desde Abraham; pero las perfecciona ordenándolas no sólo a la posesión de una tierra, sino al Reino de los cielos.

Como nos recuerda el catecismo, (Cf. nº 1716 y ss) encontramos en ellas como un retrato del rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos.

Las bienaventuranzas responden al deseo natural de felicidad. Este deseo es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia él, el único que lo puede satisfacer. Nos dice san Agustín: “Ciertamente todos nosotros queremos vivir felices, y en el género humano no hay nadie que no dé su asentimiento a esta proposición incluso antes de que sea plenamente enunciada (Mor. eccl. 1,3,4). ¿Cómo es, Señor, que yo te busco? Porque al buscarte, Dios mío, busco la vida feliz, haz que te busque para que viva mi alma, porque mi cuerpo vive de mi alma y mi alma vive de ti (Conf. 10,20.29).

Las bienaventuranzas descubren la meta de la existencia humana, el fin último de los actos humanos: Dios nos llama a su propia bienaventuranza. Esta vocación se dirige a cada uno personalmente, pero también al conjunto de la Iglesia, pueblo nuevo de los que han acogido la promesa y viven de ella en la fe. Porque “Sólo Dios sacia” (S. Tomás Aquino, symb. 1).

En definitiva, nos señalan el fin último al que Dios nos llama: el Reino, la visión de Dios, la participación en la naturaleza divina, la vida eterna, la filiación, el descanso en Dios. Se trata de un don gratuito de Dios; es sobrenatural como la gracia que conduce a ella.

Por ello las bienaventuranzas nos colocan ante elecciones decisivas respecto a los bienes terrenos; y purifican nuestro corazón para enseñarnos a amar a Dios por encima de todo. Bienaventuranza del Cielo determina los criterios de discernimiento en el uso de los bienes terrenos conforme a la Ley de Dios.

¡Feliz Domingo, tiempo de gracia y de bienaventuranza!

Juan Agost, Párroco

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NAVIDAD QUE CULMINA EN BAUTISMO

BAUTISMO DEL SEÑOR

– COMENTARIO AL EVANGELIO –

20140475

Dos días tras la Epifanía, el tiempo de Navidad alcanza su culmen en la fiesta del Bautismo del Señor. Jesús, manifestado a todos los pueblos en la persona de los Magos, es mostrado ahora por el Padre al pueblo elegido como Mesías ungido por el Espíritu. Así da comienzo la vida pública de Jesús, en su bautismo por Juan en el Jordán (cf. Hch 1, 22).

Juan proclamaba “un bautismo de conversión para el perdón de los pecados” (Lc 3, 3). Una multitud de pecadores, publicanos y soldados (cf. Lc 3, 10-14), fariseos y saduceos (cf. Mt 3, 7) y prostitutas (cf. Mt 21, 32) viene a hacerse bautizar por él. “Entonces aparece Jesús”.

El Bautista duda. Jesús insiste y recibe el bautismo. Entonces el Espíritu Santo, en forma de paloma, viene sobre Jesús, y la voz del cielo proclama que él es “mi Hijo amado” (Mt 3, 13-17).

Es la manifestación (“Epifanía”) de Jesús como Mesías de Israel e Hijo de Dios.

El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente. Se deja contar entre los pecadores (cf. Is 53, 12); es ya “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29); anticipa ya el “bautismo” de su muerte sangrienta (cf Mc 10, 38; Lc 12, 50). Viene ya a “cumplir toda justicia” (Mt 3, 15), es decir, se somete enteramente a la voluntad de su Padre: por amor acepta el bautismo de muerte para la remisión de nuestros pecados (cf. Mt 26, 39). A esta aceptación responde la voz del Padre que pone toda su complacencia en su Hijo (cf. Lc 3, 22; Is 42, 1). El Espíritu que Jesús posee en plenitud desde su concepción viene a “posarse” sobre él (Jn 1, 32-33; cf. Is 11, 2). De él manará este Espíritu para toda la humanidad. En su bautismo, “se abrieron los cielos” (Mt 3, 16) que el pecado de Adán había cerrado; y las aguas fueron santificadas por el descenso de Jesús y del Espíritu como preludio de la nueva creación.

Decía san Hilario: “Todo lo que aconteció en Cristo nos enseña que después del baño de agua, el Espíritu Santo desciende sobre nosotros desde lo alto del cielo y que, adoptados por la Voz del Padre, llegamos a ser hijos de Dios. (Mat 2).

Al contemplar esta escena evangélica, desde la admiración y la alegría de la fe, nos brota necesariamente el deseo de vivir el don que recibimos en nuestro bautismo.

Efectivamente, por el bautismo, hemos sido asimilados sacra-mentalmente a Jesús que anticipa en su bautismo su muerte y su resurrección: debemos, pues, entrar en este misterio de rebajamiento humilde y de arrepentimiento, descender al agua con Jesús, para subir con él, renacer del agua y del Espíritu para convertirnos, en el Hijo, en hijos amados del Padre y “vivir una vida nueva” (Rm 6, 4):

Enterrémonos con Cristo por el Bautismo, para resucitar con él; descendamos con él para ser ascendidos con él; ascendamos con él para ser glorificados con él (S. Gregorio Nacianc. Or. 40, 9).  (Cf. Cat.Igl. Cat., nos 535-537).

Juan Agost, Párroco.

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