COMPASIÓN y CON PASIÓN.

La jornada de Jesús en Cafarnaúm continúa. Tras la predicación y la curación en la Sinagoga que contemplamos el domingo pasado, se traslada ahora a la casa de Pedro. El relato evangélico sugiere como una luminosidad que acompaña el paso de Jesús: su presencia, sus palabras y sus gestos comunican vida, sanan de la enfermedad y liberan de la influencia del maligno a todos aquellos que se le acercan… Su paso disipa las tinieblas que amenazan nuestro mundo y que entristecen el corazón humano.

Así, el mismo relato evangélico nos desvela dónde está el origen de esta claridad que Jesús difunde a su alrededor: antes del amanecer, ya está ante Dios Padre, en la oración silenciosa que nos revelada la intimidad de Jesús, su ser de Hijo Amado del Padre.

La compasión de Jesús por nuestros sufrimientos hunde sus raíces en su pasión de Amor al Padre, y se desborda en el apasionamiento que impulsa su predicación. Nada puede retenerlo. Ha venido para eso.

El día de nuestro bautismo fuimos
sumergidos por gracia en esta corriente de Vida y de Amor que apasiona a Jesucristo. Felices nosotros, si aprendemos de Él, maestro bueno, este amor apasionado por Dios y por los hermanos. Dichosos si, al participar en la Eucaristía, nos dejamos prender en este fuego que Jesús ha venido a traer a la tierra. Y más dichosos aún si, la alegría de Jesús resucitado que llevamos dentro la ofrecemos y la compartimos a manos llenas con los hermanos

¡¡Feliz domingo!!

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