Trigo Fecundo.

El Evangelio de este quinto domingo de Cuaresma culmina con una solemne promesa del Señor, que nos sitúa ya en la recta final de la cuaresma: “Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”. Pero conviene fijarse también en su inicio: una petición que unos forasteros presentan a los discípulos: “¡Queremos ver a Jesús!”
La respuesta del Señor a esta demanda, en la inminencia de su pasión, supera las expectativas: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24).

 

Es significativo que, precisamente aquí, siendo que en el Evangelio de S. Juan se omite el relato de la oración en el Huerto, se señale esta lucha interna que Jesús vive ante su Pasión: “Mi alma está turbada… pase de mi esta hora…”

Y sin embargo Jesús se muestra dispuesto a cumplir hasta el fondo la voluntad del Padre. “…si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre.” Y la voluntad de Dios es darnos la vida eterna que hemos perdido por la tragedia del pecado. “Lo he glorificado y volveré a glorificarlo”.

Pero para que esto se realice es necesario que Jesús muera, como trigo fecundo que Dios Padre ha sembrado en el mundo, pues sólo así podrá germinar y crecer una nueva humanidad, libre del dominio del pecado y capaz de vivir en fraternidad, como hijos del único Padre que está en los cielos.

Esta es la atracción de la que el mismo Jesús nos habla. Cristo atrae desde la cruz con la fuerza del amor, del Amor divino, que ha llegado hasta el don total de sí mismo; del Amor infinito, que en la cruz ha levantado de la tierra el peso del cuerpo de Cristo, para contrarrestar el peso de la culpa antigua; del Amor ilimitado, que ha colmado toda ausencia de amor y ha permitido que el hombre nuevamente encuentre refugio entre los brazos del Padre misericordioso.

Dejémonos atraer por él, y permaneciendo en su Amor, aprendamos este amor humilde que se siembra encada gesto se servicio y entrega callada: y así crezcamos más y más en la tierra fecunda de este Amor con que somos amados, para ser semillas de este Reino de Dios que transforme el mundo.

Juan Agost, Párroco

 

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