FORMACIÓN

Querido Lector:

En la presente página encontrarás poco a poco diferentes catequesis doctrinales sobre diversos temas de interés. Con esta iniciativa pretendemos ofrecerte un instrumento de formación y de conocimiento de lo que la Santa Madre Iglesia nos enseña.

FE Y CIENCIA

1. Haciendo Historia.

A través de los siglos, ha habido y hay personas que han buscado un diálogo y una colaboración entre fe y ciencia, para ventaja y servicio del crecimiento de la persona y de la humanidad.

Es verdad que no han faltado, incluso entre los cristianos, actitudes que no han percibido y reconocido la legítima autoridad de la ciencia, suscitando discusiones y controversias, hasta mantener que fe y ciencia se oponen entre ellas. En otras ocasiones ha habido entre ambas indiferencia, que las ha llevado a caminar por caminos paralelos, en la completa ignorancia la una de la otra.

Algunos afirman que la Iglesia, fiel a su propia misión, puede entrar en diálogo con cualquier tipo de ciencia y utilizar eficazmente los resultados científicos para cumplir mejor su misión. Enviada a todos los pueblos, la Iglesia no está ligada de modo exclusivo a ningún tipo gde ciencia, y tampoco a conquista científica alguna.

2. ¿Qué tipo de Diálogo puede existir entre Fe y Ciencia?

Un diálogo que reconozca las características específicas de cada una de las dos. De hecho, cada una tiene sus propios métodos, ámbitos y objetos de investigación, finalidades y límites, debiendo respetar a la otra y reconocer la legítima posibilidad de ejercicio autónomo según sus propios principios.

“Existen dos órdenes de conocimiento distintos, el de la Fe y el de la razón. La Iglesia reconoce que las artes y las disciplinas humanas se sirven en el ámbito propio de cada una, de principios propios y de un propio método. Por lo cual, reconociendo esta justa libertad, la Iglesia afirma legítima la autonomía de las ciencias” ( GS 36).

La Fe y la razón (Fides et ratio, Introducción) son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. La fe, no sólo no es contraria a la razón, sino que abre los ojos de la razón, amplía nuestro horizonte y nos permite encontrar las respuestas necesarias a los desafíos de cada tiempo.

A pesar de la circularidad entre Fe y razón, no son la misma cosa: Fe y razón no coinciden, conocen diversamente y poseen contenidos que no coinciden en todo. Al mismo tiempo, la Fe y la razón están llamadas a servir al hombre y a la humanidad, favoreciendo el desarrollo y el crecimiento integral de cada persona y de todas las personas.

3. ¿Cómo entender la Autonomía Fe-razón?

Si por autonomía de las realidades terrenas se da a entender que las cosas creadas y las mismas sociedades tienen sus leyes y valores propios, que el hombre debe descubrir, usar y ordenar, entonces se trata de una exigencia de autonomía legítima: No sólo es reivindicada por el hombre, sino que es conforme al querer de Dios.

El hombre está llamado a respetar la voluntad creadora de Dios, reconociendo las exigencias de método propias de cada ciencia o técnica en particular.

Si, por el contrario, con la expresión “autonomía de las realidades temporales” se quiere decir que las cosas creadas no dependen de Dios y que el hombre puede usarlas sin referirlas al Creador, entonces a ningún creyente se le escapa el pensar la falsedad de tal planteamiento . La criatura sin el Creador, se desvanece. (GS 36).

El Código de Derecho Canónico en el No. 2294, afirma que “es ilusorio reivindicar la neutralidad moral de la investigación científica y de sus aplicaciones. Los criterios orientativos no pueden deducirse ni de la simple eficacia técnica, ni de la utilidad que pueda derivarse para unos a precio de otros, ni, peor aún, de las ideologías dominantes.

La ciencia y la técnica piden, por su mismo significado intrínseco, el respeto de los criterios fundamentales de la moralidad; deben estar al servicio de la persona humana, de sus derechos inalienables, de su bien verdadero e integral, en conformidad con el proyecto y la voluntad de Dios”.

4. ¿Hay Oposición entre Fe y Ciencia?

No puede existir verdadera contradicción entre fe y ciencia, siempre que se trate de un positivo descubrimiento científico y de una auténtica verdad de fe. En tal caso se trata de la misma verdad, que los hombres alcanzan siguiendo caminos complementarios. De hecho, toda verdad viene de Dios.

Ciencia y fe, aún siendo distintas, están unidas en la verdad: convergen al admitir la capacidad de conocer las verdades y la Verdad misma; encuentran en la verdad su fundamento, el motivo de su existencia, la finalidad de su obrar.

Ciencia y Fe son don de Dios. Es el mismo Dios que revela los misterios y comunica la fe, quien ha puesto también en el espíritu humano la luz de la razón. Dios no puede negarse a sí mismo.

Por esto la búsqueda metódica de toda disciplina, si procede en forma verdaderamente científica y según las normas morales, no estará jamás en real contradicción con la Fe. Esto es así, porque las realidades profanas y las realidades de la Fe tiene su origen en el mismo Dios.

Quien se esfuerza con humildad y perseverancia en escrutar los secretos de la realidad, aunque no se de cuenta, está conducido por la mano de Dios.. (GS, 36). Por tanto, en algunos casos la fe puede estar por encima de la razón, pero nunca en contra de ella.

Fe y ciencia están al servicio del hombre, de todo hombre y de todo lo que es auténticamente humano. Ambas están ordenadas al hombre, a partir del cual se originan y se desarrollan y del cual promueven el desarrollo integral a beneficio de todos. Encuentran en la persona la indicación de su fin y la conciencia de sus respectivos límites.

5. Valor Humano y Antropológico de la Ciencia.

Su valor está en que es hecha por el hombre, es para bien del hombre como individuo y bien de la humanidad. La ciencia es también bien para la persona del científico. De hecho, todo científico, mediante el estudio y la investigación personal, se perfecciona a sí mismo y a la propia humanidad, se modela y construye su propia personalidad.

El científico recorre, asimismo, el camino para el encuentro personal con la verdad, en la libertad y en la responsabilidad. El científico puede encontrarse con Dios mismo, Creador del cielo y de la tierra.

La ciencia cumple un precioso servicio a los demás, a la sociedad y a la misma Iglesia.

6. Contribución de la Ciencia a la Iglesia y a la Sociedad.

Son numerosos los aspectos positivos que la ciencia puede ofrecer, como por ejemplo:

  • La rigurosa fidelidad a lo verdadero en la investigación científica.
  • La colaboración con los otros grupos técnicos especializados.
  • El sentido de solidaridad internacional.
  • La conciencia, siempre más viva, de la responsabilidad de los expertos de ayudar y proteger a la humanidad.
  • La voluntad de hacer más fáciles las condiciones de vida, especialmente para aquellos que sufren por diversas causas.
  • Ayuda que puede ofrecer elevando la familia humana hasta los más altos conceptos de lo verdadero, del bien y de lo bello, y a una visión de las cosas de valor universal.
  • Ayuda a la fe para que se purifique de falsos elementos.
  • La expresión y realización del señorío del hombre sobre la creación.
  • El cumplimiento del gran mandato de Cristo de prodigarse al servicio de los hermanos: “cada vez que hagáis esto por los pequeños.., lo hacéis conmigo” (Mt 25,40).

Todos estos aspectos positivos que presenta la ciencia, son un producto maravilloso de la creatividad humana, y del insaciable apetito de búsqueda y profundización, presente en el hombre.

Sin olvidar que la ciencia es un sigo de la grandeza de Dios, un fruto del inefable proyecto divino sobe la creación que Dios ha confiado al hombre. La ciencia verdadera es una preparación para recibir el anuncio del Evangelio.

7. Aportación de la FE a la Ciencia.

La FE cristiana ofrece a la ciencia excelentes estímulos y ayudas para realizar su trabajo con mayor empeño y especialmente para descubrir el verdadero significado de sus actividades al servicio de la vocación integral del hombre.

La FE cristiana ayuda a la ciencia a tomar mayor conciencia de los propios límites:

  • La ciencia no es el valor más alto al que todos deben someterse..
  • La ciencia no puede explicar todo, no puede explicar ni dar la última respuesta a los interrogantes del hombre.
  • La ciencia puede dar una respuesta parcial y no exhaustiva al problema de la verdad sobre el hombre, considerado en todas sus dimensiones.
  • La ciencia ha de reconocer que no puede dar razones definitivas sobre el sentido último de nuestra historia y del universo…
  • La ciencia no puede dar respuesta a todos los problemas teológicos, filosóficos.., pues se limita a los conocimientos experimentales.

La FE cristiana pone en guardia incluso sobre los graves riesgos en que puede incurrir la ciencia. Por ejemplo, en el caso del progreso actual de la ciencia y de la técnica, que en razón de sus métodos no pueden penetrar en las razones íntimas de las cosas, puede favorecer un cierto fenomenismo y agnosticismo, cuando el método de investigación de que hacen uso estas ciencias, se eleva a norma suprema de investigación de la verdad total. Existe el peligro de que el hombre abandonado en manos de la ciencia y de la técnica, piense que se basta a sí mismo y no busque más valores supremos. (Ver G.S. 36).

La FE afirma que, aunque haya que diferenciar con cuidado el progreso terreno del desarrollo, del Reino de Cristo, sin embargo, el progreso científico, en la medida en que pueda contribuir a mejor ordenar la sociedad humana, contribuye a realizar el Reino de Dios, a construir los “cielos nuevos y la tierra nueva” (2ª Pe 3, 13). En definitiva, la FE cristiana ofrece a la ciencia la posibilidad y los principios morales que aquella debe respetar.

8. Prioridades y Principios Morales que la Ciencia debe seguir.

Para cumplir su tarea, la ciencia debe dejarse guiar por la primacía de la persona sobre las cosas; de la ética sobre la técnica; del espíritu sobre la materia; del ser sobre el tener y el hacer, y de la búsqueda de la justicia y de la paz.

La ciencia debe evitar, por tanto seguir prioridades fijadas previamente: bien por la finalidad económica, (búsqueda indiscriminada de la ganancia..), o por los intereses de grupos políticos, ideológicos o de presión, o bien por la búsqueda del prestigio personal del científico o de la empresa en la que trabaja.

En cuanto principios morales fundamentales que la ciencia debe mantener, destacaría lo siguiente: no todo lo que es científica y/o técnicamente posible es también moralmente aceptable; no es justo obtener un bien a través de un mal; y por supuesto recordar siempre, que el fin no justifica los medios.

Por tanto, deben respetarse siempre, el bien integral del hombre y de la humanidad; la dimensión trascendente de la persona y de la misma creación; la vida y la dignidad del hombre, la calidad de su vida, los derechos de las generaciones humanas actuales y futuras, así como la creación y medio ambiente.

9. ¿Es la Moral, un Freno para la Ciencia?.

Los principios morales no son un freno o un obstáculo para el progreso, sino “lecho de río” por el cual pasa la corriente impetuosa del pensamiento y del actuar humano.

La ética pone límites a la ciencia para incrementar su fuerza, su utilidad y su eficacia, para evitar que salga de los márgenes, inunde y destruya. La ética es un elemento que ha contribuido a todo lo que de mejor y de bello haya producido el hombre, afirmaba el Papa Pío XII.

La tarea de la ciencia es descubrir las maravillas de la naturaleza, con aquella actitud que es propia de aquél que no extiende las manos sobre el mundo diciendo: es mío, sino de quien, admirado, lo ve donado por otro y reconoce que es “don” de OTRO para ti y para todos.

La ciencia ha de respetar la diferencia ontológica y axiológica que existe entre el hombre y los otros seres vivos, así como la naturaleza de cada ser y de su mutua conexión con los otros seres en un sistema ordenado y equilibrado.

También, la ciencia ha de promover el medio-ambiente como casa y como recurso en favor del hombre y de todos los hombres., buscando el verdadero bien de la humanidad según el designio de Dios y permitir al hombre cultivar y actuar su vocación integral.

La ciencia ha de realizar un servicio a la verdad, a la dignidad de la persona, a la humanidad y a sus valores, y a la satisfacción, sobre todo, de las necesidades primarias del hombre, buscando desterrar cada vez más el hambre y la enfermedad.

Por último, en este apartado, la ciencia debe evitar pensar que puede dar solución a todo, absolutizar sus métodos excluyendo otros, disponer arbitrariamente de la tierra explotando los recursos de la creación de un modo exagerado.

Cuidado especial de la ciencia ha de ser evitar efectuar experimentaciones con seres humanos sin el permiso explícito del sujeto, con riesgos desproporcionados para la vida o la integridad física y psíquica de la persona.

La FE cristiana desvela el sentido último de la dignidad del hombre y permite encontrar a Cristo, -hombre perfecto- en quien el hombre se hace también más hombre y encuentra  su plenitud y realización.

11. ¿Qué Relación se debe dar entre la Ciencia y la Iglesia?

La Iglesia no debe ocultar la contribución que la FE da a la ciencia. Es competencia de la Iglesia formar consultores cualificados, tanto en el campo de las ciencias físicas o de la vida, como en teología o filosofía de las ciencias, en grado de poder intervenir en los medios de comunicación, y capaces de tratar puntos de contraste que puedan surgir entre la ciencia y la FE.

La Iglesia, también ha de crear redes de comunicación entre los estudiosos católicos, apreciados por su capacidad profesional y por su fidelidad al Magisterio, como también entre academias científicas, asociaciones de expertos en tecnología y con las distintas Conferencias Episcopales del mundo.

Importa, y mucho, favorecer publicaciones católicas de gran difusión que cuenten con la ayuda de personas verdaderamente cualificadas en estos campos, así como realizar una pastoral que suscite y alimente una profunda vida espiritual en los científicos.

El lector de este Blog puede acudir a las fuentes y documentos magisteriales en los que se basa el articulado que sobre la relación Fe-Ciencia, hemos ofrecido durante varias semanas . Oportunidad de formación y robustecimiento argumentativo del creyente católico que vive en medio del mundo y que ha de razón de su fe cada día.

BIBLIOGRAFÍA

Dei Filius (DF) del Concilio Vaticano I.

Gaudium et spes (GS) del Concilio Vaticano II

Fides et ratio, 1998, de Juan Pablo II

Catecismo de la Iglesia Católica (CEE), nn. 159; 2293-2294

Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, del Pontificio Consejo de la Justicia y de la Paz de 2004, nn. 331-363; 456-473.

EL DOMINGO

1. ¿Por qué el domingo es importante para el cristiano?

Porque Cristo resucitó en domingo “…muy de mañana, el primer día de la semana” (Mc 16,2), encontraron las mujeres el sepulcro vacío.

La resurrección de Jesús es el dato fundamental, central y originario sobre el cual se apoya la fe cristiana: “Si Cristo no ha resucitado, entonces nuestra predicación es vana y vana también la fe” (1ª Cor 15, 14). La resurrección de Cristo es el evento admirable que no sólo distingue en modo absolutamente singular la historia de la humanidad, sino que incluso se coloca en el centro del misterio del tiempo y de la historia.

El domingo es llamado también, el Día del Señor, Día de la Iglesia, Día del hombre, del sol, el primer día de la semana, el octavo día.

Es llamado el domingo “Día del Señor”, porque el domingo es el día de la celebración de la Pascua (Pasión-Muerte-Resurrección-Ascensión) del Señor para la salvación del mundo. La Eucaristía de cada domingo es el memorial, es decir, se hace presente y eficaz hoy la Pascua del Señor, que Él ha realizado hace dos mil años. El domingo es la fiesta primordial en cuanto que, “todo ha sido hecho por medio de Jesucristo y sin Él nada ha sido hecho de todo lo que existe” (Jn 1,3).

El domingo es también llamado “Día de la Iglesia”, en cuanto que, en la celebración dominical, la comunidad cristiana reencuentra su fuente y su culmen, la razón de su existencia, el origen de su bienestar, su verdadero e insustituible principio de acción. Es alrededor de la Eucaristía del domingo como crece y madura la comunidad, quien tiene la misión de comunicar el Evangelio y de compartir la intensa experiencia de comunión entre todos sus miembros.

2. El Domingo, “Día del Hombre”.

Como día del hombre, el domingo con su dimensión de fiesta, envuelve al hombre en su identidad personal, familiar y comunitaria en la lógica de un modo trascendente de ser y de actuar.

El domingo es también llamado “El Primer Día de la Semana”, porque en la concepción hebrea, el día de fiesta es el sábado, y el domingo es el primer día de la semana. Indicando el domingo como el primer día de la semana viene evidenciada la singular conexión que existe entre la Resurrección y la creación, entre “el primer día de la semana” en que sucedió la Resurrección de Cristo y el primer día de la semana cósmica en que Dios creó el mundo (Gn 1, 1-2.4). De hecho la Resurrección constituye como el inicio de la nueva creación, de la cual Cristo, “generado antes de toda criatura” (Col 1, 15), constituye también la primicia, “el primogénito de los que resucitan de entre los muertos” (Col 1, 18).

3. El Domingo, “Octavo Día”.

El domingo es también llamado el octavo día porque en la concepción hebrea el sábado resulta ser el séptimo día de la semana, y por tanto el domingo es también el octavo día.

El octavo día evidencia la unión del domingo con la eternidad. De hecho el domingo, además de primer día, es también “octavo día”, puesto, respecto a la sucesión septenaria de días, en una posición única y trascendente, evocadora no sólo del inicio del tiempo, sino también de su fin en el “siglo futuro”.

El domingo en este sentido, significa el día verdaderamente nuevo, que seguirá al tiempo actual, el día sin fin. El domingo es el pre-anuncio incesante de la vida sin fin, de la vida eterna hacia la cual el cristiano se proyecta.

El domingo prefigura el día final, el de la Parusía. Todo cuanto sucederá hasta el fin del mundo, no será más que una expansión y una explicitación de lo que ha sucedido el día en que el cuerpo martirizado del Crucificado ha resucitado.

El domingo es invitación a mirar hacia delante, es el día en que la comunidad cristiana grita a Cristo su “Maranathá: ven, Señor”. La Iglesia se hace así compañía y sostén de la esperanza de los hombres.

4. El Domingo, “El Día del Sol”.

Al comienzo del cristianismo, una oportuna intuición pastoral sugirió a la Iglesia cristianizar, para el domingo, la connotación de día del sol, expresión con la que los romanos denominaban este día. De este modo la Iglesia de los orígenes sustraía los fieles a la seducción de cultos que divinizaban el sol, y dirigía la celebración de este día a Cristo, verdadero “sol” de la humanidad, “sol que surge para alumbrar a los que están en las tinieblas y en sombra de muerte” (Lc 1, 78-79).

5.- ¿En qué sentido el Domingo revela al hombre el significado del tiempo?.

El domingo, surgiendo de la Resurrección de Cristo, atraviesa los tiempos del hombre (los días, meses, años y siglos) como una flecha direccional que los une, sea al primer día de la creación como al último día (el octavo) del mundo, en el cual el Señor Jesús vendrá en gloria y hará nuevas todas las cosas.

6.- Relación entre el Domingo y el Año Litúrgico.-

El domingo es el modelo natural para comprender y celebrar, en el curso del año litúrgico, todo el misterio de Cristo, desde la Encarnación y Natividad hasta la Ascensión, al día de Pentecostés y la gozosa espera del retorno del Señor.

El domingo recorre, de año en año, el tiempo de la peregrinación de la Iglesia, de domingo en domingo sin ocaso. De hecho la Iglesia, de domingo en domingo, iluminada por Cristo, camina hacia el domingo sin fin de la Jerusalén celestial, cuando re realizará en toda su plenitud la mística Ciudad de Dios, que “no tiene necesidad de la luz del sol, ni de la luz de la luna porque la gloria la ilumina y su lámpara es el Cordero” (Ap 21, 23).

7.- El Domingo está ligado al Bautismo.

El domingo, celebración de la muerte y de la Resurrección de Cristo, recuerda, más que los otros días, que somos, con Cristo y gracias a Él, muertos al pecado y resucitados a la vida nueva de los hijos de Dios, precisamente en el día de nuestro bautismo.

Con Cristo hemos sido sepultados en el bautismo, con Cristo hemos sido también resucitados de entre los muertos” (Col 2, 12). La Iglesia subraya esta dimensión bautismal del domingo exhortando a celebrar los bautismos, además de en la Vigilia Pascual, también, en el domingo, día en que se hace memoria de la Resurrección del Señor.

8. Santificar el Domingo.

Participando de la celebración eucarística, que es para todo bautizado, el corazón del Día del Señor, se santifica el domingo. “Sin domingo no podemos vivir”, proclamó uno de los cristianos que sufrió el martirio bajo Diocleciano en el siglo IV, precisamente porque no quiso renunciar a celebrar la Eucaristía dominical. También mediante la oración, las obras de caridad y la abstención del trabajo, es como santificamos el domingo.

La Santa misa dominical es, para el cristiano, un compromiso irrenunciable, que se debe vivir no por un cumplimiento de ley, sino como necesidad de una vida cristiana consciente y coherente.

Los fieles nos reunimos los fieles en asamblea porque, escuchando la Palabra de Dios y participando de la Eucaristía, hacemos memoria de la Pasión, de la Resurrección y de la Gloria del Señor Jesús, en que damos gracias a Dios que nos ha regenerado para una esperanza viva por medio de la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos.

En la Eucaristía bendecimos al Señor, Dios del universo, presentándole el pan y el vino, frutos de la tierra y del trabajo del hombre. Cuando además los padres de familia participan con sus hijos de la Santa misa, las familias cristianas viven una de las expresiones más cualificadas de su identidad y de su “ministerio” de iglesia doméstica.

9. Participar en la Misa del Domingo.

El domingo y las otras fiestas de precepto, es una “obligación” para que los fieles participemos de la Santa Misa. Así lo recoge el Código de Derecho Canónico, en su canon 1247. Tal  ley implica una obligación grave, comprendiéndose esto, si se considera la relevancia que el domingo y la Eucaristía tienen para la vida cristiana. Quien deliberadamente deja de participar de la Misa dominical falta gravemente.

Por supuesto está justificado de no participar de la Misa del domingo quien por un serio motivo quede dispensado de ello. “No es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre”, diríamos, recogiendo el reproche de Jesús a los judíos de su tiempo.

Pero, ¿cómo santificar el domingo? Es más que oportuno que el cristiano, además de participar de la Santa Misa, santifique el domingo dedicando mayor tiempo a la oración personal y comunitaria, pues ello completa el don propio de la Eucaristía.

El domingo es un tiempo, además, para el descanso, la comunicación con la familia, visitar a algún enfermo y dedicar algo de tiempo a la lectura sosegada que alimente la fe y ayude en la formación humana y cristiana.

El tiempo dedicado a Dios no es jamás tiempo perdido, más bien tiempo ganado para la humanización profunda de nuestras relaciones, de nuestra vida y la vida de los demás.

10. Domingo: Descanso del Trabajo.

El descanso es algo sagrado, siendo para el hombre la condición para sustraerse al ciclo, a veces absorbente, de los compromisos terrenos y tomar conciencia de que todo es obra de Dios. Gn 2, 2-3; Ex 20, 8-11

La interrupción del ritmo, con frecuencia opresor, de la dependencia expresa del trabajo, con la novedad del descanso, el reconocimiento de la dependencia propia y de la creación de Dios, nos recuerda que todo es de Dios. El día del Señor vuelve continuamente a afirmar este principio.

Las ventajas del descanso dominical son: que las preocupaciones y las tareas cotidianas pueden encontrar su justa dimensión al descansar; las cosas materiales, por las que frecuentemente nos agotamos, dejan lugar a los valores del espíritu; las personas con las que vivimos retoman, en el encuentro y la amistad, su verdadero valor.

Las múltiples exigencias religiosas, familiares, culturales, interpersonales, etc, difícilmente pueden ser satisfechas si no se salvaguarda al menos un día a la semana en el cual gozar juntos de la posibilidad de descansar y hacer fiesta.

El domingo podemos encontrar un poco de paz con Dios, consigo mismo y con los amigos; un tiempo de ocio propicio para la reflexión, el silencio, el estudio, la meditación e incluso la fiesta, que favorezcan el crecimiento de la vida interior y cristiana.

El domingo se tiene la ocasión de dedicarse con mayor energía y tiempo a las obras de misericordia, de caridad y de apostolado. (Sacrosantum Concilium, 9). “Siempre el primer día de la semana cada uno ponga a parte lo que ha logrado ahorrar” (1 Cor 16, 2) y lo done a quien menos tiene.

[Continuará]

LAS IMÁGENES SAGRADAS

¿PARA QUÉ LAS IMÁGENES SAGRADAS?

La Comunidad Cristiana de Elda, a la que se suman de alguna manera ciudadanos de buen corazón que, quizá no se sienten interpelados del todo por el Evangelio de Jesús anunciado y predicado en el seno de la Iglesia, celebra los días grandes de nuestras Fiestas Patronales en honor a la Santísima Virgen de la Salud y al Santísimo Cristo del Buen Suceso.

El peregrinar de miles de personas a la celebración de las distintas Misas en la Parroquia de Santa Ana, y la participación masiva de los eldenses tanto en las Salves, las Procesiones y en la Novena, me anima a ofrecer al lector del blog parroquial una reflexión por si pudiera ayudarle a descubrir el sentido cristiano del culto de veneración que la Iglesia tributa a las Imágenes de nuestros Patronos o de otras Imágenes Sagradas, sin caer en el error de la superstición, e incluso en la tentación de idolatría formal.

¿QUÉ ES UNA IMAGEN SAGRADA?

Es una representación (estatua, pintura, mosaico, escultura..) de contenido religioso, que viene realizada con diferentes materiales y con diferentes estilos. En particular, las Imágenes Sagradas representan a Dios Padre, Jesucristo, el Espíritu Santo, la Virgen y los Santos.

¿PARA QUÉ SIRVEN LAS IMÁGENES SAGRADAS?

La Imagen Sagrada se sirve de elementos que provienen de este mundo en sus diferentes componentes: humano, animal, vegetal, material. Pero estos elementos están realizados para indicar otra cosa: representan realidades que no pertenecen a este mundo visible. Son reflejos, signos de lo divino, de lo religioso, de lo espiritual, de lo sobrenatural.

LAS IMÁGENES: PUENTE HACIA EL INVISIBLE.

En las Imágenes Sagradas, el hombre es solicitado a pasar del mundo visible al invisible, del significante al significado. Por eso nosotros llamamos simbólicas a las Imágenes religiosas. Son un puente entre este mundo visible y el invisible, entre el hombre y el misterio.

Los actos de culto no son dirigidos a las Imágenes consideradas en sí mismas, sino en cuanto sirven y representan a Dios encarnado, en el caso de Jesucristo.

¿DESDE CUÁNDO EXISTE EL CULTO A LAS IMÁGENES EN EL CRISTIANISMO?

La opción de representar contenidos de la fe cristiana con Imágenes viene desde los tiempos antiguos de la Iglesia. Desde los primeros siglos se realizan y utilizan Imágenes Sagradas. Un antiguo y auténtico testimonio de esta representación, son las mismas catacumbas romanas, donde también hoy se pueden admirar, por ejemplo, varias figuras de Cristo y de la Virgen María.

“Los artistas de cada tiempo han ofrecido a la contemplación y al asombro de los fieles los hechos sobresalientes del misterio de la salvación, presentándoles en el esplendor del color y en la perfección de la belleza” (Card. Ratzinger).

El honor atribuido a las Imágenes Sagradas es de “veneración respetuosa”, no una adoración que sólo se tributa a Dios. No de adoración (reservada a Dios), sino de veneración.

¿PROHIBE LAS IMÁGENES EL ANTIGUO TESTAMENTO?

¡En el Antiguo Testamento Dios había ordenado: “No harás ídolo ni imagen alguna de lo que está arriba en el cielo, ni de lo que está abajo sobre la tierra, ni de lo que está en las aguas bajo la tierra” (Ex. 20,2-4).

Pero también en el Antiguo Testamento, Dios permite hacer Imágenes que simbólicamente conducirían a la realidad salvadora y a la Obra de Jesucristo, el Verbo encarnado:Así, ordena Dios a Moisés la realización de una serpiente de bronce, de dos querubines para ser colocados en el Arca de la Alianza: “..harás entonces un arca…, la adornarás de oro puro…, harás dos querubines de oro.., un querubín en una extremidad” (Ex. 25,10-22).

Dios dijo a Moisés: “haz una serpiente y ponla sobre un asta; cuando alguien mordido por las serpientes venenosas, la mire, será curado y vivirá” (Num 21, 7-8).

El cristiano venera, no la Imagen en sí misma, la cual es simplemente un objeto material, sino a quien representa: Jesucristo, María o los Santos. Si el creyente se quedara en el simple objeto o Imagen, caería en la idolatría.

¿QUÉ FINALIDAD TIENEN LAS IMÁGENES SAGRADAS?

Una Imagen Sagrada, puede facilitar el acceso, la comprensión y la transmisión de contenidos a personas pertenecientes a lengua, edad y cultura diferentes: la Imagen Sagrada es fácilmente legible y, por tanto, respecto a la palabra y al escrito, alcanza al mayor número de personas.

RELACIÓN DE LAS IMÁGENES SAGRADAS CON JESUCRISTO.

En la iconografía cristiana todas las Imágenes tienen como finalidad principal anunciar a la persona, el mensaje y la obra de Cristo, siendo Él, el Revelador perfecto de Dios Padre el Salvador único y permanente del hombre y del mundo. “La Imagen de Cristo en el Icono por excelencia. Las demás Imágenes representan a María Virgen o a los Santos, en los que Cristo es glorificado” (Comp, nº 240).

Pero a quienes las Imágenes Sagradas representan, las “personas” que ellas reproducen son: Jesucristo, la Virgen y los Santos. En efecto, “el honor dado a una Imagen pertenece a quien representa” y “quien venera la Imagen, venera la realidad de quien en ella se representa” (san Basilio Magno, Liber de E. S, 18, 45..).

ENTRE LAS IMÁGENES, ¿CUÁL ES LA MÁS IMPORTANTE?

Sin duda que es el Crucifijo, instrumento de la pasión de Cristo y de su glorificación, como Él mismo dijo: “Ahora el Hijo del Hombre ha sido glorificado, y también Dios ha sido glorificado en él, y muy pronto lo glorificará” (Jn 13, 12).

La Cruz es signo:  de la humanidad salvada; de la dimensión original del cristiano; de los valores de muchas culturas y sociedades; de la victoria última y suprema del bien sobre el mal. La Cruz es un llamamiento al “sufrimiento” que conlleva el seguimiento de Cristo: “Quien quiera venir detrás de mí, coja su cruz y me siga” (Mt 16, 24).

LA ENFERMEDAD

¿Cuál es el origen de la enfermedad?

La fe cristiana afirma que Dios no ha creado la enfermedad. Ésta, entró en el mundo causada por el primer pecado, cometido por el hombre Adán y la mujer Eva, cuando tentados por el diablo, abusando de su libertad, desobedecieron a Dios: querían ser superiores al mismo Dios y deseaban ardientemente conseguir sus fines fuera de Dios. De ahí en adelante los pecados de toda persona individual no han hecho más que acrecentar el mundo de los sufrimientos humanos.

Dios, por tanto, no quiere la enfermedad; no ha creado el mal ni la muerte. Pero, desde el momento en que éstos, por causa del pecado, entraron en el mundo, su amor está todo dirigido a sanar al ser humano, a sanarlo del pecado y de todo mal y a colmarlo de vida, de paz y de gozo. Por esto ha enviado a su Hijo Jesús, quien ha muerto y resucitado para liberar al hombre del pecado y de sus consecuencias.

¿Cuál es el sentido de la enfermedad?

La enfermedad, que a todos afecta antes o después, e implica la persona en todos sus niveles, es, y permanece siempre un misterio, un enigma.

La ciencia y la técnica pueden ayudar a encontrar una respuesta a la enfermedad. Pueden curarla, aliviarla, eliminarla al menos en parte, pero no podrán eliminarla del todo, y sobre todo no podrán nunca dar una respuesta satisfactoria a los interrogantes fundamentales que el sufrimiento, la enfermedad, la misma muerte suscitan en el corazón del ser humano.

Es necesario profundizar el sentido de la enfermedad, del dolor, del sufrimiento, teniendo presentes también sus fundamentos médico-científicos, históricos, filosóficos, bíblicos y  teológicos. Hay que preguntarse por el sentido de la muerte.

El sentido último de tal realidad puede encontrarse solamente a la luz de la Fe cristiana: “Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta oscuridad” (G. Spes, 22). En Jesús, el sufrimiento puede hacerse sereno abandono a la voluntad divina y participación del sacrificio de Cristo.

Si Dios es Bueno, Omnipotente y Justo, ¿Por qué existe la enfermedad y el dolor?

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma ante esta pregunta tan apremiante como inevitable, tan dolorosa como misteriosa, que no se puede dar una respuesta simple. El conjunto de la fe cristiana constituye la respuesta a esta pregunta: la bondad de la creación, el drama del pecado, el amor paciente de Dios que sale al encuentro del hombre con sus Alianzas, con la Encarnación redentora de su Hijo, con el don del Espíritu Santo, con la misma Iglesia, con la fuerza de los sacramentos, con la llamada a una vida santa a la que somos invitados a aceptar libremente, pero que, por un misterio terrible podemos rechazar.., constituye toda una misteriosa revelación y ayuda.

Sin embargo, en su sabiduría y bondad infinitas, Dios quiso libremente crear un mundo “en estado de vía” hacia su perfección última. Este devenir trae consigo en el designio de Dios, junto con la aparición de ciertos seres, la desaparición de otros; junto con lo más perfecto lo menos perfecto; junto con las construcciones de la naturaleza también las destrucciones. Por tanto, con el bien físico existe también el mal físico, mientras la creación no haya alcanzado su perfección.

Así, con el tiempo, se puede descubrir que Dios, en su providencia todopoderosa, puede sacar un bien de las consecuencias de un mal, incluso moral, causado por sus criaturas. Del mayor mal moral que ha sido cometido jamás, el rechazo y la muerte del Hijo de Dios, causado por los pecados de todos los hombres, Dios, sacó el mayor de los bienes: la glorificación de Cristo y nuestra Redención. Sin embargo, no por esto el mal se convierte en un bien.

Creemos firmemente que Dios es el Señor del mundo y de la historia. Pero los caminos de su providencia nos son con frecuencia desconocidos. Sólo al final, cuando tenga fin nuestro conocimiento parcial, cuando veamos a Dios “cara a cara”, nos serán plenamente conocidos los caminos por los cuales, incluso a través de los dramas del mal y del pecado, Dios habrá conducido su creación hasta el reposo del “sabbat” definitivo, en vista del cual creó el cielo y la tierra. (Sería bueno consultar el Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 309-314).

¿Cuál fue la postura de Jesucristo con los enfermos?

Cristo, en su vida terrena, ha tenido una particular predilección hacia los enfermos y los que sufren. De hecho:

  • Ha preferido a los que sufren;
  • Ha sanado muchos enfermos que recurrían a Él con confianza: tales curaciones muestran que Jesús es verdaderamente “Dios que salva”;
  • No ha venido, sin embargo, para eliminar todos los males en la tierra, sino para liberar a los seres humanos de la más grave esclavitud: la del pecado, que es la causa de todos los males y sufrimientos;
  • Se ha identificado con el enfermo: “Estuve enfermo y mi visitaste” (Mt 25,36); “Él ha tomado nuestras enfermedades y ha cargado con nuestros males” (Mt 8, 17);
  • Ha confiado a sus apóstoles el ministerio de la curación, diciéndoles: “Curad a los enfermos” (Mt 8, 17);
  • Ha instituido en particular dos sacramentos para los enfermos: la Eucaristía (en cuanto Viático) y el Sacramento de la Unción de los Enfermos;
  • Ha enseñado a los que le seguían a asumir y trascender el sufrimiento y a darle un significado salvador;
  • Ha llamado a sus discípulos a estar dispuestos a sufrir con Él y como Él: “Si alguno quiere seguirme se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga” (Mt 16, 24);
  • Ha asegurado su ayuda: “Te basta mi gracia: mi poder en efecto se manifiesta plenamente en la debilidad, afirma San Pablo. (2ª Cor 12, 9);
  • Continúa estando con nosotros y por nosotros, sobre todo en nuestros momentos de sufrimiento.

Pero Jesucristo ha hecho incluso mucho más:

  • Ha vivido, Él mismo, el sufrimiento, hasta la muerte y muerte de cruz;
  • Ha vencido, resucitando, el sufrimiento y la muerte, por sí y por nosotros.

La Iglesia y los Enfermos.

La Iglesia, en su constante solicitud por los enfermos:

  • Iluminada por la fe,
  • Proclama y testimonia el Evangelio del sufrimiento.
  • Siempre ha acompañado y continuará acompañando la predicación del Evangelio con iniciativas de asistencia y cuidado a favor de los hombres y mujeres que sufren.
  • Ofrece su propia contribución específica mediante el acompañamiento humano y espiritual de los enfermos.
  • Invita a abrirse al mensaje del amor de Dios, siempre atento a las lágrimas de quien se dirige a Él.
  • Sostiene la importancia de la pastoral sanitaria, en la que adquieren un rol de especial relieve las capellanías de los hospitales, que tanto contribuyen al bien espiritual de los que pasan por los centros y ámbitos sanitarios.
  • Favorece el desarrollo de aquel aporte precioso que es dado por el voluntariado, que con su servicio dan vida a la caridad, que infunde esperanza también a la experiencia del sufrimiento.
  • Por medio de los voluntarios de la Iglesia en el ámbito de la enfermedad y del sufrimiento, Jesús puede continuar hoy presente entre los hombres para hacerles el bien y sanarlos.

La Medicina ante el dolor.-

La medicina ha de servir siempre a la vida promoviéndola y defendiéndola desde su concepción hasta su ocaso natural. También cuando sabe que no puede curar una grave patología, dedica sus propias capacidades a suavizar los sufrimientos.

La medicina ha de reconocer y respetar la dimensión trascendente, moral y espiritual de la vida humana. Del mismo modo ha de actuar y acrecentar la investigación y el progreso científico:

  • como instrumento formidable para mejorar las condiciones de vida y de bienestar,
  • en el respeto de la intangibilidad de cada ser humano,
  • evitando toda voluntad de dominio.

La medicina ha de realizar continuamente una atenta reflexión sobre la naturaleza misma del ser humano creado por Dios a su imagen y semejanza. Tal dignidad inviolable del ser humano:

  • pone al ser humano en el centro y en la cima de todo lo que existe en la tierra,
  • encuentra su fundamento en el misterio de la Creación y en el de la Redención, realizada por Jesucristo, el Hijo eterno de Dios, Verbo de la Vida;
  • y en el destino del ser humano, el cual está llamado a ser hijo de Dios en el Hijo-Jesucristo, y templo vivo del Espíritu Santo en la perspectiva de la vida eterna de comunión santificante con Dios.

La vida debe ir respetada en cualquier circunstancia o condición en la que se encuentre el ser humano y en cualquier estadio de su desarrollo en el que se encuentre: embrión, feto, niño, adulto, anciano o moribundo. Ni siquiera el sufrimiento, el estado de inconsciencia o la inminencia de la muerte disminuyen la intrínseca dignidad de la persona humana.

Es necesario recordar que el servicio de la medicina a la vida y a la salud es siempre y en todo caso un servicio que remite al sentido del sufrimiento y de la muerte.

Importa dejarse vivificar por la inspiración cristiana, la cual no quita nada al ser humano y a la investigación científica, sino que la ilumina y la dirige al verdadero bienestar integral de cada persona y de toda la `persona.

¿Cuál es la Tarea de los Médicos?

El médico ha de ser siempre servidor de la vida, que es siempre un bien en sí misma y por sí misma; respetar los principios éticos que tiene su raíz en el mismo Juramento Hipocrático, que afirma que no hay vidas indignas de ser vividas; no hay sufrimientos, por cuanto penosos, que puedan justificar la supresión de una vida; no hay razones, por muy altas que sean, que hagan plausible la creación de seres humanos destinados a ser utilizados y destruidos.

Los médicos han de contribuir a la eliminación de los motivos del sufrimiento que humillan y entristecen al ser humano, y a edificar un mundo siempre más acorde con la dignidad del ser humano. El médico ha de ponerse a la escucha de cada ser humano, sin distinción ni discriminación alguna, y acoger a todos para aliviar los sufrimientos de cada persona.

Importa ver en el enfermo no un número clínico, sino una persona a la cual acercarse con humanidad: a pesar de todo el enfermo siempre vale más que su enfermedad y su vida vale más que aquello que le amenaza.

El profesional de la medicina ha de curar ciertamente la enfermedad, pero sobre todo al enfermo, teniendo presente la complementariedad e interdependencia de todas las dimensiones de la persona: físicas, afectivas, morales, espirituales, familiares, sociales, etc.. ¿Cómo no encontrar un justo equilibrio entre insistencia y no asistencia terapéutica , evitando el sufrimiento innecesario y el experimentalismo?

El médico ha de ir al encuentro de las necesidades de toda persona recordando que la única respuesta verdaderamente humana frente al sufrimiento ajeno, es el amor que se prodiga en el acompañamiento y en el compartir.¡Cuán importante es agregar al aporte institucional de la propia profesionalidad el “corazón”, con el que llegar al “corazón” del mismo enfermo!

Los profesionales de la medicina han de vivir la propia opción profesional como don de sí mismos al enfermo, pues la profesión médica y quirúrgica tiene como misión específica perseguir estos objetivos:

Curar a la persona enferma o al menos intentar influir de forma eficaz en la evolución de la enfermedad..

Aliviar los síntomas dolorosos que la acompañan, sobre todo cuando está en fase avanzada..

Cuidar de la persona enferma en todas sus expectativas humanas..

Tender a una verdadera alianza terapéutica con el paciente, haciendo uso de la específica racionalidad clínica que permite al médico darse cuenta de cuál es el modo más adecuado de comunicar con el paciente..

Promover una manera de ver al enfermo que no lo considere como antagonista, sino como colaborador activo y responsable del tratamiento terapéutico ..

Respetar la autodeterminación del paciente, pero sin olvidar que la exaltación individualista de la autonomía acaba por llevar a una lectura no realista, y ciertamente empobrecedora, de la realidad humana..

La responsabilidad profesional del médico debe llevarlo a proponer un tratamiento que busque el verdadero bien del paciente, consciente de que su competencia específica, generalmente lo capacita para evaluar la situación mejor que el paciente mismo..

No separar de la relación terapéutica el contexto existencial del paciente, en particular el de su familia..

Aunque no existan perspectivas de curación, aún se puede hacer mucho por el enfermo: aliviar su sufrimiento, mejorando su calidad de vida.

¿Cómo no recordar que existe una relación directamente proporcional entre la capacidad de sufrir y la capacidad de ayudar a quien sufre?: quien está dispuesto a aceptar y soportar con fuerza interior y con serenidad los propios sufrimientos es también la persona más sensible al dolor ajeno y la más pronta a aliviar los dolores de los demás.

Poner en acto la verdadera compasión, promueve todo racional esfuerzo para favorecer la curación del paciente; acompaña al paciente con amoroso respeto y dedicación durante toda la enfermedad; estimula la solidaridad y el compartir no sólo junto y por quien sufre sin esperanza, sino también junto y por quien vive la experiencia del dolor de una persona querida; ayuda al mismo tiempo a detenerse cuando ninguna acción resulta ya útil a la curación.

Responsabilidad y Tarea del Médico Católico.-

El profesional de la medicina católico tiene la misión de:

  1. Poner en acto los mismos empeños comunes a los médicos no católicos, con mayor dedicación y espíritu de abnegación, testimoniando el amor de Cristo por los enfermos.
  2. Prestar atención a la dimensión espiritual del ser humano, teniendo muy presente el sentido cristiano de la vida y de la muerte, y la función del dolor en la vida humana.
  3. Respetar siempre la ley de Dios poniendo en acto si es necesario la objeción de conciencia frente a aquellas personas que la niegan o contradicen.
  4. Saber reconocer en cada enfermo al mismo Cristo, ocupándose del enfermo como del mismo Cristo (Mt 25, 35-40).
  5. Tomar de la fe cristiana el consuelo y la respuesta para aliviar el sufrimiento ajeno.
  6. Ser consciente de ser un instrumento del amor misericordioso de Dios.
  7. Vivificar el propio servicio médico con la oración constante a Dios, “amante de la vida” (Sab 11, 26), recordando siempre que la curación, en última instancia viene de Dios.
  8. Poner en práctica no sólo las respuestas médicas, sino también las espirituales, las cuales constituyen un derecho fundamental de todo enfermo.
  9. Interrogarse acerca de la propia espiritualidad sobre el sistema de valores que guía la propia existencia, sobre las respuestas que nacen del corazón, a los interrogantes relacionados con el significado del sufrimiento y de la muerte.
  10. Llevar consuelo cristiano a los enfermos y a sus familiares.
  11. Favorecer por parte del enfermo la petición y la acogida en la Fe, de los sacramentos que Cristo ha instituido: Confesión, Eucaristía-Viático en su caso, y de la Unción de los Enfermos.

Aspectos Positivos que podemos encontrar en el Mundo del Dolor:

La enfermedad puede:

  1. Ayudar a tomar conciencia de nuestra limitación y precariedad como seres humanos.
  2. Dar origen a una densa y amplia red de solidaridad a nivel familiar y social (voluntariado).
  3. Ofrecer la posibilidad de saber leer el designio de Dios en la propia vida, cuya clave está en la “Cruz” de Cristo, pues el dolor, iluminado por la fe, llega a ser fuente de esperanza y de salvación.
  4. Constituir una concreta posibilidad ofrecida a nuestra libertad para decidir el tipo de vida y valores escoger para nuestra existencia.
  5. Tener también un valor redentor para sí y para los demás. El sufrimiento vivido junto a Cristo, se hace participación en su obra de salvación. “Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, a favor de su cuerpo que es la Iglesia” (Clo 1, 24).

Beneficios del Sacramento de la Unción de Enfermos

El sacramento de la Unción de Enfermos, instituido por Cristo no para los muertos, sino para los vivos, y por lo tanto, para el cristiano gravemente enfermo:

a) confiere un don particular del Espíritu Santo: una gracia de consuelo, de paz y de coraje para enfrentar las dificultades de la enfermedad; para unirse más íntimamente a la pasión de Cristo, y para contribuir al bien del Pueblo de Dios.

b) perdona todos los pecados, si no ha sido posible celebrar antes el sacramento de la confesión.

c) favorece a veces la curación, si esto ayuda a la salvación espiritual del enfermo.

d) prepara para el paso a la vida eterna.

e) permite acogerse a la oración de toda la Iglesia que: intercede por el bien del enfermo, sufre junto con él y se ofrece, por medio de Cristo, a Dios Padre.

Concepción Cristiana sobre los Cuidados Paliativos

La Fe cristiana:

a) reconoce la licitud y la necesidad en algunos casos de los cuidados paliativos, los cuales están destinados a hacer más soportable el sufrimiento en la fase final de la enfermedad y a asegurar al mismo tiempo al paciente un adecuado acompañamiento. (Evangelium Vital, nº 65).

b) de hecho buscan aliviar especialmente al paciente terminal de una vasta gama de síntomas de sufrimiento físico, psíquico y mental, y requieren por lo mismo la intervención de un equipo de especialistas con competencia médica, psicológica y religiosa, compenetrados entre ellos para sostener al paciente en la fase crítica.

c) necesidad de respetar la libertad de los pacientes, quienes deben ser ayudados en lo posible, para satisfacer sus obligaciones morales y familiares, y sobre todo deben prepararse con plena conciencia al encuentro definitivo con Dios.

d) El suministro de los analgésicos debe ser efectivamente, proporcionado a la intensidad y a la cura del dolor, evitando cualquier forma de eutanasia en el caso de suministrar al paciente ingentes cantidades con el propósito de provocar la muerte.

e) atención al doble efecto ligado al uso de los fármacos: si por una parte alivian el dolor, por otra parte pueden llevar a la dependencia o incluso acelerar el efecto letal de la enfermedad.

f) es importante la formación de especialistas en cuidados paliativos, en particular con la presencia de profesionales psicólogos y de agentes pastorales, como de casas de cuidados para los enfermos terminales.

Peligro ante el Ensañamiento Terapéutico

El rechazo del ensañamiento terapéutico no es un rechazo del paciente y de su vida, pues el objeto de iniciar o continuar una práctica terapéutica no es el valor de la vida del paciente, sino el valor de la intervención médica sobre el paciente.

La eventual decisión de no dar inicio o de interrumpir una terapia debe considerarse éticamente correcta cuando la misma es el resultado ineficaz o desproporcionado a los fines o de la recuperación de la salud del paciente.

“Esperamos un cielo nuevo y tierra nueva, sin dolor.” (2Pe 3, 13).

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