MANTENER ENCENDIDA LA LLAMA DE LA AMISTAD CON JESÚS

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La parábola de las diez doncellas, cinco sabias y cinco necias, presenta un doble propósito: avivarnos en la certeza del retorno del Señor e indicar cómo hemos de comportarnos durante este tiempo de espera vigilante. Los peligros existen y debemos superarlos: vivir con una impaciencia malsana, descuidando los compromisos del día a día, sería la evasión; o bien afanarse por las cosas del mundo, olvidando la esperanza vigilante, sería la mundanización. La parábola ofrece una sabia enseñanza: hay que ser previsores y estar preparados ante cualquier eventualidad, sin desanimarse con facilidad o hacer excesivos cálculos. En realidad, no cuenta si la vuelta de Jesús es inmediata o se demora, sino el “estar preparados”, porque todos los momentos son decisivos para la salvación. La sabiduría del cristiano está en la práctica prudente de la vida y no en vagas teorías. La seriedad del momento presente exige preparación y compromiso personal. Cuando venga el

Esposo, sólo aquellos que tienen las lámparas con aceite suficiente entrarán con él a la boda. Los no preparados, no previsores, se encontrarán con la puerta cerrada, excluidos definiti-vamente del Reino. Será inútil golpear la puerta: la respuesta sonará así:
“Os aseguro, no os conozco”.

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DIME LO QUE ESPERAS, Y…

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Estrenamos un nuevo año en la vida de la Iglesia y un nuevo ciclo de lectura de la Palabra de Dios centrada en el evangelio de San Marcos –Ciclo B-.

En muchos lugares ya se han encendido el alumbrado especial de navidad. También la fiebre del consumo, contagiada con campañas de marketing cada vez más agresivas… ¿Cómo viviremos nosotros este tiempo de espera?

El refrán aquel de “dime con quién andas y te diré quién eres”, nos puede servir de marco, retocándolo un poquito: “Dime lo que esperas y te diré quién eres”. Sí, adviento nos sitúa en tensión del amor que espera. ¿Qué espero yo? ¿A quién, de verdad, espero…?

Cada uno de nosotros lleva en lo más íntimo de su ser un anhelo de plenitud y felicidad que Dios mismo ha impreso al crearnos a su imagen y semejanza. A menudo pretendemos llenarlo solamente con logros limitados, satisfacciones superficiales… Pero, tarde o temprano, el anhelo resurge con más fuerza, con el arrebato de la insatisfacción.

La Palabra del Señor, en este tiempo de gracia, nos interpela: “¡Velad!”  Es un feliz aviso para avivarnos en la virtud de la esperanza teologal, ese gran don que se nos comunicó con el Bautismo y que nos hace capaces de aspirar al Reino de los cielos y a la vida eterna. Es la plenitud de toda la felicidad que ya pregustamos en nuestra vida terrena, a pequeños sorbos, intercalados entre momentos de desaliento y lucha. Podemos, pues confiar en las promesas de Cristo y en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo, que sostienen nuestras fuerzas, tantas veces frágiles o quebrantadas.

Como nos recuerda el Catecismo: La Esperanza que el Seños nos da asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; nos protege del desaliento; nos sostiene en todo desfallecimiento; y nos dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad. (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nº1817s)    

¡Feliz domingo Y FELIZ ADVIENTO! Juan Agost, Párroco

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UN EXAMEN FINAL SORPRENDENTE

juicio final

Cristo Juez va a hacer una evaluación final a la humanidad. El examen va a ser sobre el amor, en concreto: haber dado o no de comer a los pobres, el haber visitado o no a los solitarios…

La palabra “amor” no sale en el evangelio de hoy: se traduce en unas actitudes que son mucho más concretas. Las famosas “obras de misericordia”, que pueden tener un nombre antiguo, pero que siguen teniendo actualidad muy viva: el ayudar a los débiles, el apoyar a los marginados.

De eso vamos a tener que responder: ¿qué he hecho en mi vida: ¿ser hermano de los demás, o serles extraño? ¿amar, o quedar al margen? ¿de qué me he querido enriquecer?: ¿de dinero, de poder, de éxitos? ¿o de obras de amor a los más necesitados? La confrontación es clara. Todos los pueblos van a comparecer ante el Juez de la Historia, Cristo Jesús. Y como su enseñanza fundamental ha sido el amor (el amor a Dios, el amor a los hombres), la pregunta decisiva va a ser también el amor. Esta conclusión del año litúrgico es claramente educativa para todos nosotros.

Y, además, la motivación que el Juez va a proponer es igualmente sorprendente: “a mí me lo hicisteis… no me disteis de comer…”. Cristo se ha identificado precisamente con los más oprimidos y necesitados. Es un Rey que se solidariza con los pobres y malheridos.

Los valores y contenidos de este Reino quedan muy bien enumerados en el prefacio de hoy: “un reino eterno y universal; el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz”. El que hace la opción, en nombre de Cristo, por todo eso, está ya perteneciendo a su Reino, y oirá las palabras de bienvenida al final.

El mundo de hoy opta por otros criterios y otras motivaciones. Los cristianos tenemos ahí nuestra razón de ser y nuestro mejor Modelo. Al final del año (y luego, al final de nuestra vida) la pregunta que ya conviene que nos adelantemos a nosotros mismos es ésta: ¿he progresado en el amor, en la justicia, en la fraternidad? ¿he dado de comer, visitado, ayudado… a Cristo en la persona de los hermanos? Esta es la clave de su Reino y de nuestra pertenencia a él. ¡Feliz domingo! Juan Agost, Párroco

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“DAR FRUTO ABUNDANTE”

Los dos primeros empleados de la parábola se esforzaron para multiplicar los dones recibidos: en esto consiste la fidelidad.

El tercero, sin embargo, no ha tenido interés alguno en aumentar los bienes en que el señor le hizo participar gratuitamente.

¿A quién iba dirigida la parábola de Jesús? A todos, pero de modo especial a quienes ponen en primer lugar su propia comodidad en lugar de buscar el crecimiento de los bienes del Señor, el gozo de ser fecundos… La espera del señor debe ser en todo momento activa y responsable. El que hace fructificar el don recibido, recibe aún más, mientras que quien no da fruto alguno pierde incluso el primer don con que el señor lo había asociado a sí mismo. Estamos a tiempo de elegir… ¡Feliz domingo!

Juan Agost, Párroco

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MANTENER ENCENDIDA LA LLAMA DE LA AMISTAD CON JESÚS

La parábola de las diez doncellas, cinco sabias y cinco necias, presenta un doble propósito: avivarnos en la certeza del retorno del Señor e indicar cómo hemos de comportarnos durante este tiempo de espera vigilante. Los peligros existen y debemos superarlos: vivir con una impaciencia malsana, descuidando los compromisos del día a día, sería la evasión; o bien afanarse por las cosas del mundo, olvidando la esperanza vigilante, sería la mundanización. La parábola ofrece una sabia enseñanza: hay que ser previsores y estar preparados ante cualquier eventualidad, sin desanimarse con facilidad o hacer excesivos cálculos. En realidad, no cuenta si la vuelta de Jesús es inmediata o se demora, sino el “estar preparados”, porque todos los momentos son decisivos para la salvación. La sabiduría del cristiano está en la práctica prudente de la vida y no en vagas teorías. La seriedad del momento presente exige preparación y compromiso personal. Cuando venga el
Esposo, sólo aquellos que tienen las lámparas con aceite suficiente entrarán con él a la boda. Los no preparados, no previsores, se encontrarán con la puerta cerrada, excluidos definiti-vamente del Reino. Será inútil golpear la puerta: la respuesta sonará así:
“Os aseguro, no os conozco”.
 Juan Agost, Párroco

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Lo que es de Dios

Darle a cada uno lo que le corresponde: esto es la justicia.

A quienes quieren comprometerlo con una cuestión engañosa, Jesús les responde con esta verdad fundamental. “Dad a Dios lo suyo”. Pero su respuesta nos interpela a todos: ¿doy a Dios lo que le corresponde en mi vida? Quizá, para plantear bien la respuesta a esta pregunta, sea conveniente pensar: ¿Y qué es lo que me ha dado Dios? Sé valiente… Deja que responda el corazón, al contemplar la belleza de la creación, la inocencia de los niños, la figura de Jesús Crucificado o su Presencia Viva en la adoración Eucarística. Porque… “Amor con amor se paga”   

Juan Agost, párroco.

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Invitados al banquete

 

El banquete del reino de los cielos: ¡TODOS ESTÁN INVITADOS! El gozo del corazón de Dios es para todos. Nadie está excluido: hay un lugar de predilección para ti.

De alguna manera, cada Eucaristía es como el anticipo de este banquete eterno. Podemos ya escuchar al Señor y tomar el alimento sabroso de su Vida entregada, para que tengamos vida en abundancia… ¿Cómo respondemos a su invitación?

Un modo concreto de manifestar la gratitud es prepararnos bien y vivir con el gozo de la fe la celebración de la Eucaristía dominical: tomarnos el tiempo suficiente para prepararnos y agradecer el amor del Señor. También nos hará bien disponernos con la gracia de la confesión sacramental, repetida con la frecuencia prudente que nos ayude a escuchar bien la Palabra del Señor y a sanar las heridas del egoísmo que pueden afear el vestido de fiesta de la gracia que nos regaló el Señor en nuestro Bautismo.

Además, desde el corazón de Dios nos sentimos llamados a hacer de altavoz, para que otros puedan escuchar: Dios te ama, Jesús ha muerto por ti. Dios hace feliz, ven a verlo, no te lo pierdas, que como esto no hay nada… Compartir esta alegría en nuestra vida familiar, en el trabajo, con los amigos… ¡Que se llene el mundo de la alegría de Dios! No hay nada más hermoso ni más verdadero, para colmar los deseos más profundos del corazón humano.

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