PASTORAL DE LA SALUD

BREVE COMENTARIO A “SALVIFICI DOLORIS”

PARTIENDO DE UN INTERROGANTE VITAL

¿Por qué a mí? ¿Por qué Dios permite esto? Ante el dolor, la enfermedad y la muerte de un ser querido o de un inocente, estas preguntas forman parte del grito desgarrador de las personas.

La Carta “Salvifici Doloris” de Juan Pablo II es un acercamiento a la vez que alternativa y ofrecimiento evangélico que humaniza el dolor y la enfermedad, invitándonos a no caer en extremismos frustrantes que deshumanizan a la persona. “Dios quiere nuestro amor, no nuestro dolor”, afirmaba el sacerdote y periodista Martín Descalzo. Y, es que existe la “otra mirada” del dolor desde la serenidad y la aceptación de la voluntad de Dios.El dolor forma parte de nuestra vida, como lo es el ADN o la huella digital, o la misma muerte. Las situaciones de sufrimiento pueden llevarnos a la desesperación, al “sin sentido” de la vida o incluso dejarnos arrastrar por el egoísmo de creer que nuestra enfermedad o dolor es lo más importante que se da en el mundo.

Es muy duro ver, por ejemplo, que eres joven y sientes impotencia, tienes vitalidad, pero tu cuerpo no te sigue. En estas circunstancias surgen preguntas que remiten a lo más profundo de la vida personal y de quienes sufren en sus carnes la enfermedad, el dolor o la muerte incomprensible.

Creo que Juan Pablo II nos introduce con su Carta Apostólica en una visión del dolor que nos lleva a la sanación del espíritu de una errónea concepción de Dios, pues la enfermedad no corresponde a una intervención positiva de Dios. Dios no castiga, no quiere que suframos, y mucho menos nos va a “cargar” con una enfermedad. Dios, nos recuerda el Papa, sana la vida “total” del enfermo.

Pero, ¿por qué existe el dolor? ¿Por qué, si Dios es bueno, permite que mueran los inocentes, permite el dolor o la enfermedad..? ¡Cuántas desafecciones de creyentes no se han dado ante la falta de respuesta a estas preguntas!

APORTACIÓN DE “SALVIFICI DOLORIS”

El papa afirma que, dentro de cada sufrimiento experimentado por el hombre.., aparece inevitablemente la pregunta: ¿por qué? Es una pregunta acerca de la causa y la razón; una pregunta acerca del ¿para qué?. A través de los siglos y generaciones se ha constatado que, en el sufrimiento, se esconde una particular fuerza que acerca interiormente al hombre a Cristo, una gracia especial.

Entraríamos en el sentido salvífico del sufrimiento, y la posibilidad de llegar a ser auténticamente un hombre o una mujer nuevos. Estaríamos hablando de que en los momentos de mayor inhabilitación e incapacidad, se alcanzaría por la experiencia de la fe en Cristo, una auténtica y nueva maduración interior, llegaríamos a una grandeza espiritual inimaginable. Es el “escándalo” del crucificado-redentor-resucitado; de Cristo, convertido en “luz, camino, verdad y vida” del hombre.

Deteniéndonos en la “Salvifici Doloris” descubriremos algunas razones para que el cristiano se acerque y ayude a las personas en su mundo de dolor. En “S.D,29”, nos pide el Papa despertar la sensibilidad hacia el prójimo enfermo, acercándonos con actitudes nuevas. Asimismo nos anima a escuchar más a los enfermos para difundir su testimonio, ya que son ellos los que “saben” lo que es sufrir. ¿Cómo obviar una solidaridad afectiva y efectiva hacia el enfermo, reconociendo de verdad que el enfermo es parte de la comunidad eclesial, evangelizándoles desde su situación?

Juan Pablo II nos invita a tener valor para afrontar los males, sean éstos los que sean, con la única fuerza de la fe y la esperanza en el Señor. En efecto, “..el sufrimiento humano ha alcanzado su culmen en la pasión de Cristo”. En la parábola del “buen samaritano”, Jesucristo descubre a la Iglesia su vocación, pues el personaje del que habla el texto evangélico tuvo compasión, se acercó, echó aceite y vino, vendó sus heridas, y montándolo en su cabalgadura, lo llevó a una posada para que cuidaran de él, entregando al posadero dos denarios, y que si faltara algo más, lo pagaría cuando volviera” Lc. 10, 33-35

PRESENCIA DE CRISTO EN EL HOMBRE SUFRIENTE

La Carta “Salvifici Doloris” nos exhorta a nosotros, cristianos concretos, a inclinarnos sobre las heridas del cuerpo y del espíritu de tantas personas que de hecho encontramos por los caminos del mundo, pues lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que sufrió con amor infinito.  S.D, 37.

Resumiendo: El sufrimiento humano es un aspecto complejo de la vida de las personas, que ni la ciencia y la medicina logran responder fácilmente. Los adelantos médicos y científicos podrán alargar la vida humana, evitar en ciertos momentos el sufrimiento físico…; pero el sufrimiento es algo más amplio y complejo que la enfermedad, más enraizado en el hondón del ser  y del corazón humano. S.D. 5.

Los cristianos vemos el sufrimiento a la luz de la fe, desde la pasión-muerte-resurrección de Cristo, y también desde una visión humanista evidente: en el sufrimiento, el hombre y la mujer se encuentran a sí mismos, descubren su auténtica humanidad, su dignidad. Creo que el misterio del sufrir humano es inseparable del misterio del mismo hombre.

D. José Abellán Martínez.

LA ENFERMEDAD

¿Cuál es el origen de la enfermedad?

La fe cristiana afirma que Dios no ha creado la enfermedad. Ésta, entró en el mundo causada por el primer pecado, cometido por el hombre Adán y la mujer Eva, cuando tentados por el diablo, abusando de su libertad, desobedecieron a Dios: querían ser superiores al mismo Dios y deseaban ardientemente conseguir sus fines fuera de Dios. De ahí en adelante los pecados de toda persona individual no han hecho más que acrecentar el mundo de los sufrimientos humanos.

Dios, por tanto, no quiere la enfermedad; no ha creado el mal ni la muerte. Pero, desde el momento en que éstos, por causa del pecado, entraron en el mundo, su amor está todo dirigido a sanar al ser humano, a sanarlo del pecado y de todo mal y a colmarlo de vida, de paz y de gozo. Por esto ha enviado a su Hijo Jesús, quien ha muerto y resucitado para liberar al hombre del pecado y de sus consecuencias.

¿Cuál es el sentido de la enfermedad?

La enfermedad, que a todos afecta antes o después, e implica la persona en todos sus niveles, es, y permanece siempre un misterio, un enigma.

La ciencia y la técnica pueden ayudar a encontrar una respuesta a la enfermedad. Pueden curarla, aliviarla, eliminarla al menos en parte, pero no podrán eliminarla del todo, y sobre todo no podrán nunca dar una respuesta satisfactoria a los interrogantes fundamentales que el sufrimiento, la enfermedad, la misma muerte suscitan en el corazón del ser humano.

Es necesario profundizar el sentido de la enfermedad, del dolor, del sufrimiento, teniendo presentes también sus fundamentos médico-científicos, históricos, filosóficos, bíblicos y  teológicos. Hay que preguntarse por el sentido de la muerte.

El sentido último de tal realidad puede encontrarse solamente a la luz de la Fe cristiana: “Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta oscuridad” (G. Spes, 22). En Jesús, el sufrimiento puede hacerse sereno abandono a la voluntad divina y participación del sacrificio de Cristo.

Si Dios es Bueno, Omnipotente y Justo, ¿Por qué existe la enfermedad y el dolor?

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma ante esta pregunta tan apremiante como inevitable, tan dolorosa como misteriosa, que no se puede dar una respuesta simple. El conjunto de la fe cristiana constituye la respuesta a esta pregunta: la bondad de la creación, el drama del pecado, el amor paciente de Dios que sale al encuentro del hombre con sus Alianzas, con la Encarnación redentora de su Hijo, con el don del Espíritu Santo, con la misma Iglesia, con la fuerza de los sacramentos, con la llamada a una vida santa a la que somos invitados a aceptar libremente, pero que, por un misterio terrible podemos rechazar.., constituye toda una misteriosa revelación y ayuda.

Sin embargo, en su sabiduría y bondad infinitas, Dios quiso libremente crear un mundo “en estado de vía” hacia su perfección última. Este devenir trae consigo en el designio de Dios, junto con la aparición de ciertos seres, la desaparición de otros; junto con lo más perfecto lo menos perfecto; junto con las construcciones de la naturaleza también las destrucciones. Por tanto, con el bien físico existe también el mal físico, mientras la creación no haya alcanzado su perfección.

Así, con el tiempo, se puede descubrir que Dios, en su providencia todopoderosa, puede sacar un bien de las consecuencias de un mal, incluso moral, causado por sus criaturas. Del mayor mal moral que ha sido cometido jamás, el rechazo y la muerte del Hijo de Dios, causado por los pecados de todos los hombres, Dios, sacó el mayor de los bienes: la glorificación de Cristo y nuestra Redención. Sin embargo, no por esto el mal se convierte en un bien.

Creemos firmemente que Dios es el Señor del mundo y de la historia. Pero los caminos de su providencia nos son con frecuencia desconocidos. Sólo al final, cuando tenga fin nuestro conocimiento parcial, cuando veamos a Dios “cara a cara”, nos serán plenamente conocidos los caminos por los cuales, incluso a través de los dramas del mal y del pecado, Dios habrá conducido su creación hasta el reposo del “sabbat” definitivo, en vista del cual creó el cielo y la tierra. (Sería bueno consultar el Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 309-314).

¿Cuál fue la postura de Jesucristo con los enfermos?

Cristo, en su vida terrena, ha tenido una particular predilección hacia los enfermos y los que sufren. De hecho:

  • Ha preferido a los que sufren;
  • Ha sanado muchos enfermos que recurrían a Él con confianza: tales curaciones muestran que Jesús es verdaderamente “Dios que salva”;
  • No ha venido, sin embargo, para eliminar todos los males en la tierra, sino para liberar a los seres humanos de la más grave esclavitud: la del pecado, que es la causa de todos los males y sufrimientos;
  • Se ha identificado con el enfermo: “Estuve enfermo y mi visitaste” (Mt 25,36); “Él ha tomado nuestras enfermedades y ha cargado con nuestros males” (Mt 8, 17);
  • Ha confiado a sus apóstoles el ministerio de la curación, diciéndoles: “Curad a los enfermos” (Mt 8, 17);
  • Ha instituido en particular dos sacramentos para los enfermos: la Eucaristía (en cuanto Viático) y el Sacramento de la Unción de los Enfermos;
  • Ha enseñado a los que le seguían a asumir y trascender el sufrimiento y a darle un significado salvador;
  • Ha llamado a sus discípulos a estar dispuestos a sufrir con Él y como Él: “Si alguno quiere seguirme se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga” (Mt 16, 24);
  • Ha asegurado su ayuda: “Te basta mi gracia: mi poder en efecto se manifiesta plenamente en la debilidad, afirma San Pablo. (2ª Cor 12, 9);
  • Continúa estando con nosotros y por nosotros, sobre todo en nuestros momentos de sufrimiento.

Pero Jesucristo ha hecho incluso mucho más:

  • Ha vivido, Él mismo, el sufrimiento, hasta la muerte y muerte de cruz;
  • Ha vencido, resucitando, el sufrimiento y la muerte, por sí y por nosotros.

La Iglesia y los Enfermos.

La Iglesia, en su constante solicitud por los enfermos: Iluminada por la fe,

Proclama y testimonia el Evangelio del sufrimiento.

Siempre ha acompañado y continuará acompañando la predicación del Evangelio con iniciativas de asistencia y cuidado a favor de los hombres y mujeres que sufren.

Ofrece su propia contribución específica mediante el acompañamiento humano y espiritual de los enfermos.

Invita a abrirse al mensaje del amor de Dios, siempre atento a las lágrimas de quien se dirige a Él.

Sostiene la importancia de la pastoral sanitaria, en la que adquieren un rol de especial relieve las capellanías de los hospitales, que tanto contribuyen al bien espiritual de los que pasan por los centros y ámbitos sanitarios.

Favorece el desarrollo de aquel aporte precioso que es dado por el voluntariado, que con su servicio dan vida a la caridad, que infunde esperanza también a la experiencia del sufrimiento.

Por medio de los voluntarios de la Iglesia en el ámbito de la enfermedad y del sufrimiento, Jesús puede continuar hoy presente entre los hombres para hacerles el bien y sanarlos.

La Medicina ante el dolor.-

La medicina ha de servir siempre a la vida promoviéndola y defendiéndola desde su concepción hasta su ocaso natural. También cuando sabe que no puede curar una grave patología, dedica sus propias capacidades a suavizar los sufrimientos.

La medicina ha de reconocer y respetar la dimensión trascendente, moral y espiritual de la vida humana. Del mismo modo ha de actuar y acrecentar la investigación y el progreso científico:

  • como instrumento formidable para mejorar las condiciones de vida y de bienestar,
  • en el respeto de la intangibilidad de cada ser humano,
  • evitando toda voluntad de dominio.

La medicina ha de realizar continuamente una atenta reflexión sobre la naturaleza misma del ser humano creado por Dios a su imagen y semejanza. Tal dignidad inviolable del ser humano:

  • pone al ser humano en el centro y en la cima de todo lo que existe en la tierra,
  • encuentra su fundamento en el misterio de la Creación y en el de la Redención, realizada por Jesucristo, el Hijo eterno de Dios, Verbo de la Vida;
  • y en el destino del ser humano, el cual está llamado a ser hijo de Dios en el Hijo-Jesucristo, y templo vivo del Espíritu Santo en la perspectiva de la vida eterna de comunión santificante con Dios.

La vida debe ir respetada en cualquier circunstancia o condición en la que se encuentre el ser humano y en cualquier estadio de su desarrollo en el que se encuentre: embrión, feto, niño, adulto, anciano o moribundo. Ni siquiera el sufrimiento, el estado de inconsciencia o la inminencia de la muerte disminuyen la intrínseca dignidad de la persona humana.

Es necesario recordar que el servicio de la medicina a la vida y a la salud es siempre y en todo caso un servicio que remite al sentido del sufrimiento y de la muerte.

Importa dejarse vivificar por la inspiración cristiana, la cual no quita nada al ser humano y a la investigación científica, sino que la ilumina y la dirige al verdadero bienestar integral de cada persona y de toda la `persona.

¿Cuál es la Tarea de los Médicos?

El médico ha de ser siempre servidor de la vida, que es siempre un bien en sí misma y por sí misma; respetar los principios éticos que tiene su raíz en el mismo Juramento Hipocrático, que afirma que no hay vidas indignas de ser vividas; no hay sufrimientos, por cuanto penosos, que puedan justificar la supresión de una vida; no hay razones, por muy altas que sean, que hagan plausible la creación de seres humanos destinados a ser utilizados y destruidos.

Los médicos han de contribuir a la eliminación de los motivos del sufrimiento que humillan y entristecen al ser humano, y a edificar un mundo siempre más acorde con la dignidad del ser humano. El médico ha de ponerse a la escucha de cada ser humano, sin distinción ni discriminación alguna, y acoger a todos para aliviar los sufrimientos de cada persona.

Importa ver en el enfermo no un número clínico, sino una persona a la cual acercarse con humanidad: a pesar de todo el enfermo siempre vale más que su enfermedad y su vida vale más que aquello que le amenaza.

El profesional de la medicina ha de curar ciertamente la enfermedad, pero sobre todo al enfermo, teniendo presente la complementariedad e interdependencia de todas las dimensiones de la persona: físicas, afectivas, morales, espirituales, familiares, sociales, etc.. ¿Cómo no encontrar un justo equilibrio entre insistencia y no asistencia terapéutica , evitando el sufrimiento innecesario y el experimentalismo?

El médico ha de ir al encuentro de las necesidades de toda persona recordando que la única respuesta verdaderamente humana frente al sufrimiento ajeno, es el amor que se prodiga en el acompañamiento y en el compartir.¡Cuán importante es agregar al aporte institucional de la propia profesionalidad el “corazón”, con el que llegar al “corazón” del mismo enfermo!

Los profesionales de la medicina han de vivir la propia opción profesional como don de sí mismos al enfermo, pues la profesión médica y quirúrgica tiene como misión específica perseguir estos objetivos:

Curar a la persona enferma o al menos intentar influir de forma eficaz en la evolución de la enfermedad..

Aliviar los síntomas dolorosos que la acompañan, sobre todo cuando está en fase avanzada..

Cuidar de la persona enferma en todas sus expectativas humanas..

Tender a una verdadera alianza terapéutica con el paciente, haciendo uso de la específica racionalidad clínica que permite al médico darse cuenta de cuál es el modo más adecuado de comunicar con el paciente..

Promover una manera de ver al enfermo que no lo considere como antagonista, sino como colaborador activo y responsable del tratamiento terapéutico ..

Respetar la autodeterminación del paciente, pero sin olvidar que la exaltación individualista de la autonomía acaba por llevar a una lectura no realista, y ciertamente empobrecedora, de la realidad humana..

La responsabilidad profesional del médico debe llevarlo a proponer un tratamiento que busque el verdadero bien del paciente, consciente de que su competencia específica, generalmente lo capacita para evaluar la situación mejor que el paciente mismo..

No separar de la relación terapéutica el contexto existencial del paciente, en particular el de su familia..

Aunque no existan perspectivas de curación, aún se puede hacer mucho por el enfermo: aliviar su sufrimiento, mejorando su calidad de vida.

¿Cómo no recordar que existe una relación directamente proporcional entre la capacidad de sufrir y la capacidad de ayudar a quien sufre?: quien está dispuesto a aceptar y soportar con fuerza interior y con serenidad los propios sufrimientos es también la persona más sensible al dolor ajeno y la más pronta a aliviar los dolores de los demás.

Poner en acto la verdadera compasión, promueve todo racional esfuerzo para favorecer la curación del paciente; acompaña al paciente con amoroso respeto y dedicación durante toda la enfermedad; estimula la solidaridad y el compartir no sólo junto y por quien sufre sin esperanza, sino también junto y por quien vive la experiencia del dolor de una persona querida; ayuda al mismo tiempo a detenerse cuando ninguna acción resulta ya útil a la curación.

Responsabilidad y Tarea del Médico Católico.-

El profesional de la medicina católico tiene la misión de:

  1. Poner en acto los mismos empeños comunes a los médicos no católicos, con mayor dedicación y espíritu de abnegación, testimoniando el amor de Cristo por los enfermos.
  2. Prestar atención a la dimensión espiritual del ser humano, teniendo muy presente el sentido cristiano de la vida y de la muerte, y la función del dolor en la vida humana.
  3. Respetar siempre la ley de Dios poniendo en acto si es necesario la objeción de conciencia frente a aquellas personas que la niegan o contradicen.
  4. Saber reconocer en cada enfermo al mismo Cristo, ocupándose del enfermo como del mismo Cristo (Mt 25, 35-40).
  5. Tomar de la fe cristiana el consuelo y la respuesta para aliviar el sufrimiento ajeno.
  6. Ser consciente de ser un instrumento del amor misericordioso de Dios.
  7. Vivificar el propio servicio médico con la oración constante a Dios, “amante de la vida” (Sab 11, 26), recordando siempre que la curación, en última instancia viene de Dios.
  8. Poner en práctica no sólo las respuestas médicas, sino también las espirituales, las cuales constituyen un derecho fundamental de todo enfermo.
  9. Interrogarse acerca de la propia espiritualidad sobre el sistema de valores que guía la propia existencia, sobre las respuestas que nacen del corazón, a los interrogantes relacionados con el significado del sufrimiento y de la muerte.
  10. Llevar consuelo cristiano a los enfermos y a sus familiares.
  11. Favorecer por parte del enfermo la petición y la acogida en la Fe, de los sacramentos que Cristo ha instituido: Confesión, Eucaristía-Viático en su caso, y de la Unción de los Enfermos.

Aspectos Positivos que podemos encontrar en el Mundo del Dolor:

La enfermedad puede:

  1. Ayudar a tomar conciencia de nuestra limitación y precariedad como seres humanos.
  2. Dar origen a una densa y amplia red de solidaridad a nivel familiar y social (voluntariado).
  3. Ofrecer la posibilidad de saber leer el designio de Dios en la propia vida, cuya clave está en la “Cruz” de Cristo, pues el dolor, iluminado por la fe, llega a ser fuente de esperanza y de salvación.
  4. Constituir una concreta posibilidad ofrecida a nuestra libertad para decidir el tipo de vida y valores escoger para nuestra existencia.
  5. Tener también un valor redentor para sí y para los demás. El sufrimiento vivido junto a Cristo, se hace participación en su obra de salvación. “Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, a favor de su cuerpo que es la Iglesia” (Clo 1, 24).

Beneficios del Sacramento de la Unción de Enfermos

El sacramento de la Unción de Enfermos, instituido por Cristo no para los muertos, sino para los vivos, y por lo tanto, para el cristiano gravemente enfermo:

a) confiere un don particular del Espíritu Santo: una gracia de consuelo, de paz y de coraje para enfrentar las dificultades de la enfermedad; para unirse más íntimamente a la pasión de Cristo, y para contribuir al bien del Pueblo de Dios.

b) perdona todos los pecados, si no ha sido posible celebrar antes el sacramento de la confesión.

c) favorece a veces la curación, si esto ayuda a la salvación espiritual del enfermo.

d) prepara para el paso a la vida eterna.

e) permite acogerse a la oración de toda la Iglesia que: intercede por el bien del enfermo, sufre junto con él y se ofrece, por medio de Cristo, a Dios Padre.

Concepción Cristiana sobre los Cuidados Paliativos

La Fe cristiana:

a) reconoce la licitud y la necesidad en algunos casos de los cuidados paliativos, los cuales están destinados a hacer más soportable el sufrimiento en la fase final de la enfermedad y a asegurar al mismo tiempo al paciente un adecuado acompañamiento. (Evangelium Vital, nº 65).

b) de hecho buscan aliviar especialmente al paciente terminal de una vasta gama de síntomas de sufrimiento físico, psíquico y mental, y requieren por lo mismo la intervención de un equipo de especialistas con competencia médica, psicológica y religiosa, compenetrados entre ellos para sostener al paciente en la fase crítica.

c) necesidad de respetar la libertad de los pacientes, quienes deben ser ayudados en lo posible, para satisfacer sus obligaciones morales y familiares, y sobre todo deben prepararse con plena conciencia al encuentro definitivo con Dios.

d) El suministro de los analgésicos debe ser efectivamente, proporcionado a la intensidad y a la cura del dolor, evitando cualquier forma de eutanasia en el caso de suministrar al paciente ingentes cantidades con el propósito de provocar la muerte.

e) atención al doble efecto ligado al uso de los fármacos: si por una parte alivian el dolor, por otra parte pueden llevar a la dependencia o incluso acelerar el efecto letal de la enfermedad.

f) es importante la formación de especialistas en cuidados paliativos, en particular con la presencia de profesionales psicólogos y de agentes pastorales, como de casas de cuidados para los enfermos terminales.

Peligro ante el Ensañamiento Terapéutico

El rechazo del ensañamiento terapéutico no es un rechazo del paciente y de su vida, pues el objeto de iniciar o continuar una práctica terapéutica no es el valor de la vida del paciente, sino el valor de la intervención médica sobre el paciente.

La eventual decisión de no dar inicio o de interrumpir una terapia debe considerarse éticamente correcta cuando la misma es el resultado ineficaz o desproporcionado a los fines o de la recuperación de la salud del paciente.

“Esperamos un cielo nuevo y tierra nueva, sin dolor.” (2Pe 3, 13).


XIX Jornada Mundial del Enfermo

Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI

11 de febrero de 2011

“Por sus heridas habéis sido curados” (1P 2, 24)

¡Queridos hermanos y hermanas!

Con ocasión de la memoria de la Santísima Virgen de Lourdes, que se celebra el 11 de febrero, la Iglesia propone cada año la Jornada Mundial del Enfermo. Como lo quiso el Venerable Juan Pablo II, esta circunstancia es propicia para reflexionar en torno al misterio del sufrimiento y, sobre todo, para que nuestras comunidades y la sociedad civil sean más sensibles hacia los hermanos y hermanas enfermos. Si cada hombre es nuestro hermano, con mayor razón deben estar en el centro de nuestra atención el débil, el que sufre y el que necesita atención, a fin de que ninguno de ellos se sienta olvidado o marginado; de hecho “la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Esto es válido tanto para el individuo como para la sociedad. Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana” (Carta Encíclica Spe Salvi, 38). Las iniciativas que se promoverán en cada una de las Diócesis con ocasión de esta Jornada, sirvan de estímulo a fin de hacer cada vez más eficaz el cuidado de los que sufren y en la perspectiva de la solemne celebración que se realizará en el 2013 en el Santuario mariano de Altötting, Alemania.

1. Todavía conservo vivo en el corazón el momento en que, durante mi visita pastoral a Turín, me detuve a reflexionar y orar ante el Sagrado Sudario, delante de ese rostro sufriente que nos invita a meditar en Aquel que ha cargado sobre sí la pasión del hombre de todo tiempo y lugar, incluso nuestros sufrimientos, nuestras dificultades y nuestros pecados. A lo largo de la historia ¡cuántos fieles han pasado delante de esa tela sepulcral, que ha envuelto el cuerpo de un hombre crucificado, que corresponde en todo a lo que nos transmiten los Evangelios sobre la pasión y la muerte de Jesús! Contemplarlo es una invitación a reflexionar sobre lo que escribe san Pedro: “Por sus heridas habéis sido curados” (1P 2,24). El Hijo de Dios ha sufrido, ha muerto, pero ha resucitado, y precisamente por esto esas llagas son el signo de nuestra redención, del perdón y de la reconciliación con el Padre; pero también se han convertido en banco de pruebas para la fe de los discípulos y para nuestra fe: cada vez que el Señor habla de su pasión y muerte, ellos no comprenden, se oponen, lo rechazan. Para ellos, como para nosotros, el sufrimiento permanece siempre cargado de misterio, difícil de aceptar y de sobrellevar. Los dos discípulos de Emaús caminan tristes por los acontecimientos ocurridos en esos días en Jerusalén, y sólo cuando el Resucitado recorre el camino con ellos, se abren a una visión nueva (cfr. Lc 24, 13-31). También el apóstol Tomás manifiesta la dificultad de creer en el camino de la pasión redentora: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré” (Jn 20, 25). Pero frente a Cristo que le muestra sus heridas, su respuesta se transforma en una conmovedora profesión de fe: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20, 28). Lo que antes era un obstáculo insuperable, porque es visto como señal del aparente fracaso de Jesús, en el encuentro con el Resucitado se vuelve la prueba de un amor victorioso: “Sólo un Dios que nos ama hasta cargar con nuestras heridas y nuestro dolor, sobre todo del inocente, es digno de fe” (Mensaje Urbi et Orbi, Pascua 2007).

2. Queridos enfermos y personas que sufrís, precisamente a través de las llagas de Cristo podemos ver, con ojos de esperanza, todos los males que afligen a la humanidad. Resucitando, el Señor no ha querido quitar el sufrimiento y el mal del mundo, pero los ha vencido en su raíz. A la prepotencia del Mal ha opuesto la omnipotencia de su Amor. Nos ha indicado, pues, que el Amor es el camino de la paz y del gozo: “Como yo os he amado, así también os améis unos a otros” (Jn 13, 34). Cristo, vencedor de la muerte, está vivo entre nosotros. Y mientras, con san Tomás, repetimos también nosotros: “¡Señor mío y Dios mío!”, sigamos a nuestro Maestro con la disponibilidad de dar la vida por nuestros hermanos (cfr. 1Jn 3, 16), como mensajeros de un gozo que no teme el dolor, el gozo de la Resurrección.

San Bernardo afirma: “Dios no puede padecer, pero puede compadecer”. Dios es la Verdad y el Amor en persona, quiso sufrir por nosotros y con nosotros; se hizo hombre para poder com-padecer  con el hombre, de manera real, en carne y sangre. Por tanto, en todo sufrimiento humano ha entrado Uno que comparte el sufrimiento y el padecer; en cada sufrimiento se difunde la con-solatio, la consolación del amor partícipe de Dios para hacer aparecer la estrella de la esperanza (cfr. Carta Encíclica Spe Salvi, 39).

A vosotros, queridos hermanos y hermanas, repito este mensaje a fin de que seáis testigos de él a través de vuestro sufrimiento, de vuestra vida y de vuestra fe.

3. Teniendo en cuenta la cita de Madrid, en el próximo mes de agosto de 2011, para la Jornada Mundial de la Juventud, quisiera dirigir también un pensamiento particular a los jóvenes, especialmente a los que viven la experiencia de la enfermedad. A menudo la Pasión y la Cruz de Jesús atemorizan, porque aparentan ser como la negación de la vida. En realidad, ¡es exactamente lo contrario! La Cruz es el “sí” de Dios al hombre, la expresión más elevada y más intensa de su amor y la fuente de donde mana la vida eterna. Del corazón atravesado de Jesús ha brotado esta vida divina. Sólo Él es capaz de liberar al mundo del mal y de hacer crecer su Reino de justicia, de paz y de amor al cual todos aspiramos (cfr. Mensaje para la Jornada mundial de la Juventud 2011, 3). Queridos jóvenes, aprended a “ver” y a “encontrar” a Jesús en la Eucaristía, donde está presente de manera real para nosotros, hasta hacerse alimento para el camino, pero reconocedlo y servidlo también en los pobres, en los enfermos, en los hermanos que sufren y están en dificultad; ellos tienen necesidad de vuestra ayuda (cfr. ibid. 4). A todos vosotros jóvenes, enfermos y sanos, os invito a crear puentes de amor y solidaridad, a fin de que ninguno se sienta solo, sino cercano a Dios y formando parte de la gran familia de sus hijos (cfr. Audiencia general, 15 de noviembre de 2006).

4. Contemplando las heridas de Jesús nuestra mirada se dirige a su sacratísimo Corazón, en el cual se manifiesta en sumo grado el amor de Dios. El Sagrado Corazón es Cristo crucificado, con su costado atravesado por la lanza del cual brotan sangre y agua (cfr. Jn 19, 34), “símbolo de los sacramentos de la Iglesia, a fin de que todos los hombres, atraídos por el Corazón del Salvador, lleguen con gozo a la fuente perenne de la salvación” (Misal Romano, Prefacio de la Solemnidad del Sacratísimo Corazón de Jesús). Especialmente vosotros, queridos enfermos, sentid la cercanía de este Corazón cargado  de amor y acercaos con fe y con gozo a esa fuente, orando: “Agua del costado de Cristo, lávame. Pasión de Cristo, confórtame. Oh buen Jesús, escúchame. Dentro de tus llagas, escóndeme” (Oración de S. Ignacio de Loyola).

5. Al concluir este Mensaje para la próxima Jornada Mundial del Enfermo, deseo manifestar mi afecto a todos y a cada uno, sintiéndome partícipe de los sufrimientos y de las esperanzas que vivís cotidianamente en unión a Cristo crucificado y resucitado, a fin de que os dé la paz y la curación del corazón. Con Él os asista la Virgen María, a quien invocamos con confianza Salud de los enfermos y Consoladora de los afligidos. A los pies de la Cruz se realiza para ella la profecía de Simeón: su corazón de Madre será atravesado (cfr. Lc 2, 35). Desde el abismo de su dolor, con el que participa en el de su Hijo, María se vuelve capaz de acoger la nueva misión: ser la Madre de Cristo en sus miembros. En la hora de la Cruz, Jesús le presenta a cada uno de sus discípulos diciéndole: “Ahí tienes a tu hijo” (cfr. Jn 19, 26-27). La compasión materna hacia el Hijo, se vuelve compasión materna hacia cada uno de nosotros en nuestros sufrimientos cotidianos (cfr. Homilía en Lourdes, 15 de setiembre de 2008).

Queridos hermanos y hermanas, en esta Jornada Mundial del Enfermo, invito también a las Autoridades a fin de que inviertan más energías en estructuras sanitarias que ayuden y sostengan a los que sufren, sobre todo a los más pobres y necesitados, y, dirigiendo mi pensamiento a todas las Diócesis, envío un afectuoso saludo a los Obispos, a los sacerdotes, a las personas consagradas, a los seminaristas, a los agentes sanitarios, a los voluntarios y a todos los que se dedican con amor a curar y a aliviar las heridas de cada hermano o hermana enfermos, en los hospitales o clínicas, en las familias: en los rostros de los enfermos aprended a ver siempre el Rostro de los rostros: el de Cristo.

A todos aseguro mi recuerdo en la oración, a la vez que imparto a cada uno una Bendición Apostólica especial.

Desde el Vaticano, 21 de noviembre de 2010. Fiesta de Cristo Rey del Universo

                                                                                              Benedictus PP XVI

VIRGEN DE LOURDES

Este viernes 11 de febrero a las 19:30 celebraremos la misa en honor a la Virgen de Lourdes, en el marco de la Jornada Mundial del Enfermo.  La celebración iniciará con una procesión de la imagen, acompañada con candelas.

Será un momento propicio para pedir por todas las personas enfermas que conocemos y por todos aquellos que en silencio sobrellevan cada día el dolor y el sufrimiento de una larga convalescencia.

Tu oración y tu presencia son muy importantes. Contamos contigo.

ESTUVE ENFERMO Y ME VISITASTEIS (Mt 25,36)

Es nuestro deseo poder llegar a quienes por razones de enfermedad o por su edad avanzada no pueden acercarse a los Sacramentos.  Si conoces a una persona que pasa por esta situación, no dudes en comunicarlo a la Parroquia, de modo que podamos visitarle para acompañarle con nuestra oración y llevarle el consuelo que Cristo nos entrega en la Eucaristía.

Jesús vive y sufre también en el corazón del enfermo.  Ayúdanos a aliviar su dolor.

“Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11,28)

Para poder conocer a todos nuestros enfermos, déjanos la siguiente información en la Parroquia o simplemente envíala como un comentario en esta página.  (Los datos no se publicarán).

– NOMBRE DEL ENFERMO
– DIRECCIÓN
– TELÉFONO
– NOMBRE DE LA PERSONA RESPONSABLE
 

 
ORACIÓN DEL ENFERMO
Juan Pablo II

 
Señor,
Tú conoces mi vida y sabes mi dolor,
Haz visto mis ojos llorar,
Mi rostro entristecerse,
Mi cuerpo lleno de dolencias
Y mi alma traspasada por la angustia.
Lo mismo que te pasó a ti
Cuando, camino de la cruz,
Todos te abandonaron
Hazme comprender Tus sufrimientos
Y con ellos el Amor que Tú nos tienes.
Y que yo también aprenda
Que uniendo mis dolores a Tus Dolores
Tienen un valor redentor
por mis hermanos.
Ayúdame a sufrir con Amor,
Hasta con alegría.
Sí no es “posible que pase de mi este cáliz”.
Te pido por todos los que sufren:
Por los enfermos como yo
Por los pobres, los abandonados,
los desvalidos, los que no tienen
cariño ni comprensión y se sienten solos.
Señor:
Sé que también el dolor lo permites Tú
Para mayor bien de los que te amamos.
Haz que estas dolencias que me aquejan,
Me pu
rifiquen, me hagan más humano,
Me transformen y me acerque mas a Ti.
Amén.

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5 respuestas a PASTORAL DE LA SALUD

  1. Anónimo dijo:

    Nombre de Enfermo: Rogelia Carrillo
    Direccion: Olocuilta, cton Cupinco Km 30 Autopista a Comalapa, Depto de La Paz
    Telefono: 7253-2771
    Responsable: Rosy Carrillo

    • psaelda dijo:

      Estimada Rosy: Siento informarte que nuestra parroquia está ubicada en la Provincia de Alicante, en España y que no podremos visitar a la persona que nos refieres en tu mensaje. Sin embargo, a pesar de la distancia, nada nos impide orar por ella. Un abrazo fuerte y nuestra bendición.

  2. Paula dijo:

    He pasado la Pastoral de la Salud a mi hermana. No puedo consentir que una persona que llegó hasta la escula de Cursillos de Cristiandad, está tan apática,tan desanimada, con tan poco interés por todo, su actitud es como si “me deben y no me pagan”. El Señor y la Virgen Santisima me ayuden a decir y hacer lo que pueda ayudarla.

  3. Paula dijo:

    Pasé unos días con una de mis hermanas que es enfermera. Tengo varias “goteras” pero cuidándome, soy independiente. Me aconsejaba mi hermana “cuando se esta enfermo, se está en el hospital y eres dependiente; hasta tanto debemos encajar la enfermedad como una manera de vivir, como si hubiéramos nacido así”.
    Ofreciendo el mérito que tiene el dolor (al menos yo lo creo así) a Dios para que lo aplique a quien más lo necesite y siguiendo el consejo de mi hermana, las incomodidades de la enfermedad son más llevaderas.

  4. Anónimo dijo:

    Creo que el dolor, igual que cualquier otra circunstancia humana, tiene un porque y un valor. Personalmente me esta sirviendo como lección de humildad, Mi trabajo ha sido detrás de una mesa y ahora estoy al otro lado de la misma mesa. Algunas veces he comentado con compañeras que muy pocas personas intentaban aceptar la enfermedad, abrazar el dolor, sacar partido de sus limitaciones, mantener la ilusión, luchar para matenerse independientes y no amargar a quienes les rodean.
    Ahora me doy cuenta de lo dificilisimo que es mantener la actitud que yo pedía a los demás. Cada día, pido a Dios que el mérito de soportar el dolor continuo sin amargar a los demás, lo de a aquellas personas que necesiten un respiro en su enfermedad. La familia sabe de mis diagnósticos (no letales) pero que me han obligado a cambiar el modo de vida, pero con mi sonrisa, consigo que me traten como una persona normal.
    ¿Ve? Ya estoy dejando de ser humilde para “airear” lo buena que soy.
    Es que como le estoy viendo me lanzo a desahogarme. Perdón.

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